¡Nada que ver con lo de ahora!
Sebastián giró ligeramente la cabeza y sonrió: —Gabi me llama así cuando estamos a solas, es cosa de pareja. Abuela, cuando tenía cinco años podías decirme así, pero ¿ya viste cuántos años tengo ahora?
En realidad, ni siquiera cuando tenía cinco años Sebastián soportaba ese apodo. Pero entonces era apenas un niño, no tenía voz ni voto, así que fue hasta la adolescencia que empezó a rebelarse y, poco a poco, al convertirse en el jefe de la familia Zesati, ya nadie se atrevía a llamarlo de esa manera.
La abuela Zesati soltó un bufido: —¡Lo que te hace falta es una buena corregida!
Sebastián levantó la taza y tomó un sorbo de café, sin decir nada.
La abuela continuó: —Por cierto, Gabi ya se graduó, ¿cuándo piensas pedirle matrimonio?
El tiempo pasaba y la abuela Zesati ya sentía prisa por cargar a un bisnieto.
La vida, pensaba ella, era simplemente cerrar los ojos y volver a abrirlos. No quería irse sin ver realizados esos sueños.
—No hay prisa —respondió Sebastián, como si nada.
¿No hay prisa?
Al escuchar eso, la abuela Zesati puso cara de incredulidad.
¿Sebastián, sin prisas? ¡Imposible!
—¡Ay, chamaco, no me vengas a hacerte el desentendido conmigo! —le reprochó, rodando los ojos.
Sebastián siguió: —Gabi apenas terminó la carrera, de verdad no tengo prisa.
Pero entonces, cambió el tono y agregó: —Aunque, si a usted le urge, puedo hacer como que a mí también me urge.
Lo decía tan serio que de verdad parecía que no tenía apuro alguno. Sin embargo, por dentro, ya estaba que no se aguantaba, como si tuviera un gato rascándole el corazón.
—¡Mocoso! —exclamó la abuela Zesati, medio resignada—. Con esa actitud, si no fuera por esta abuela tuya que es la mejor del universo, seguro te quedabas soltero toda la vida.
Sebastián dejó la taza sobre la mesa, su rostro serio, aunque se notaba que se aguantaba una sonrisa.
—Sí, sí, abuela, lo que usted diga.
Así, más bien parecía que la abuela era la que estaba haciendo un berrinche.
—¿Por qué eres así? —frunció el ceño la abuela Zesati.
Sebastián se levantó del sofá: —Abuela, tengo que atender unas cosas, voy a subir.
La abuela también se puso de pie: —¡Espera!
—¿Necesita algo más? —preguntó él, mirando hacia atrás.
La abuela se acercó: —Agáchate para darte un zape.
Sebastián, que medía un metro noventa y tres, le sacaba treinta y cinco centímetros a la abuela, que apenas llegaba al metro cincuenta y ocho. Cada vez que hablaban, ella tenía que alzar la cabeza para mirarlo.
Sebastián se inclinó un poco: —Menos la cabeza, donde quiera puede pegarme.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...