Apenas Sue terminó de hablar, sus palabras cayeron como una piedra en un lago en calma, rompieron el silencio y provocaron oleadas de tensión en el ambiente.
—¡Sue! —exclamó Jasmina, intentando levantarse, pero no logró reunir ni un poco de fuerza en el cuerpo.
Sue continuó con voz firme:
—Yo jamás te hice daño. Todo esto es consecuencia de tus propias acciones.
—¿Me tendiste una trampa? —Jasmina se dio cuenta de golpe y el miedo le nubló la mirada.
Jamás se le ocurrió que terminaría haciéndose daño a sí misma, como quien lanza una piedra y se golpea el pie con ella.
Aunque le costaba admitirlo, lo que sentía ahora, ese calor y descontrol en el cuerpo, era claramente el efecto de un afrodisíaco.
En ese momento, el pánico se apoderó de ella.
Sue insistió:
—Jasmina, ¿de verdad todavía no ves en qué te equivocaste? Nunca es tarde para arrepentirse y empezar de nuevo.
En el fondo, Sue tenía la esperanza de que Jasmina recapacitara. Era joven, tenía toda una vida por delante y mil caminos que podía elegir.
Pero en ese instante la puerta de la sala se abrió de golpe.
¡Pum!
Una figura delgada entró caminando con paso seguro.
—Sue, ¿para qué sigues siendo cortés con alguien así? —la voz era suave, melodiosa, pero a los oídos de Jasmina, sonó como una sentencia de muerte.
Era Gabriela Yllescas.
Jasmina retrocedió unos pasos, intentando alejarse. Ahora comprendía que había subestimado tanto a Gabriela como a Sebastián.
¿Y ahora qué haría? Conociendo a Gabriela, lo que le esperaba no sería nada bueno.
Jasmina temblaba de pies a cabeza.
Sue miró a Gabriela y dijo en voz baja:
—Gabi...
Gabriela esbozó una ligera sonrisa, indescifrable, y le respondió:
—Sue, déjamela a mí. Tú ve al salón principal.
Para Sue, Jasmina se había convertido en un problema serio. Si no resolvía ese asunto de una vez por todas, no podría tener paz en el futuro.
Ahora que Gabriela había intervenido, estaba claro que no pensaba dejar cabos sueltos ni para Sue ni para Adam.
Sue asintió, dudando un instante porque había pensado en pedirle a Gabriela que no fuera tan dura con Jasmina, pero rápidamente se dio cuenta de que, después de todo lo que Jasmina le había hecho, ya no tenía sentido ser indulgente.
—Gabi, entonces te lo encargo —dijo Sue.
Gabriela le lanzó una mirada de soslayo y contestó:
—Tranquila, es pan comido.
En segundos, el pequeño camerino quedó solo con Gabriela y Jasmina. El aire se volvió tan denso que costaba respirar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...