—Está bien —dijo la madre asintiendo, y siguió a Emi hacia el cuarto.
Mientras tanto, Jerry fue a su habitación y empezó a mandar mensajes en todos los grupos de WhatsApp de la familia y los amigos, avisando que se iban de Estado Luz. Como temía que no todos leyeran los mensajes a tiempo, fue llamando uno por uno para asegurarse de que todos estuvieran enterados.
Mientras hablaba por teléfono, no perdía el tiempo y empezó a empacar sus cosas.
Había tantas cosas que era imposible llevarse todo, así que solo pudo escoger lo más valioso y necesario.
Media hora después, Jerry llegó a la puerta. Su mamá y su hermana ya habían terminado de empacar y todo estaba acomodado en la camioneta.
Era una van grande, de esas de ocho asientos, así que lograron meter bastantes cosas.
La madre miró a Jerry y le preguntó:
—¿Ahora sí me puedes decir qué está pasando? ¿Por qué tenemos que irnos así de repente?
—Cuando salgamos de aquí, te lo explico bien.
—Bueno —dijo la madre, abrazando al perro y subiendo al asiento trasero.
Emi también se subió atrás.
Jerry acomodó sus cosas, cerró la puerta y se fue directo al volante. Arrancó y salieron de ahí.
Mientras manejaba, Jerry miró por el retrovisor la casa donde había vivido más de veinte años. No sabía si la volvería a ver igual la próxima vez que regresara… si es que podía regresar.
En un segundo, aceleró y se alejó sin mirar atrás.
Manejaba rápido, casi no había nadie en la calle, así que pronto llegaron al muelle.
Todavía tenían que tramitar unos permisos para salir. Era el último día para hacerlo. Ya casi todos los que pensaban irse se habían ido, así que no había mucha fila y pudieron sacar los papeles sin problemas.
Cuando salían de la oficina, se toparon con la prima Ariana y su familia, que también iban a hacer sus trámites.
Ariana no estaba muy convencida y le preguntó a Jerry:
—¿De verdad crees que tengamos que irnos? Escuché que si nos quedamos con el doctor Mario en Estado Luz, nos van a dar una ayuda de mil dólares diarios.
En Estado Luz, la mayoría de la gente ganaba menos de cien dólares por día, así que mil dólares era un dineral.
—Tenemos que irnos —dijo Jerry muy serio—. Si no se van ahora, después ya no van a poder. ¡Ya casi cierran la salida!
Luego preguntó:
—¿Y Mark? ¿Dónde está?
Ariana contestó:
—Él se quedó en casa, quiere el dinero.
¿Y quién no, con ese premio tan grande?
Por culpa de esa política de Mario, muchos que ya se habían ido estaban regresando a Estado Luz.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...