Rosana solía quedar casi todos los días con sus amigas para jugar cartas en Mirador al Mar, un club en la costa donde el murmullo de las olas le daba un aire relajado a las tardes. Era el lugar ideal para hablar de la vida, reírse un rato y, claro, chismear un poco.
Todas en el grupo veían a Rosana con cierta envidia. Decían que tenía buena suerte: una mujer divorciada, con un matrimonio fallido a cuestas, y aún así había logrado conquistar a un empresario adinerado. Nadie lo podía creer, pero ella lo disfrutaba a lo grande. No le faltaba nada y se notaba.
—Oye, Hanna, ¿tú crees que ese detective que contratamos no nos estará tomando el pelo? ¡Mira que le encargamos que investigara a Amanda y hasta ahora no saca nada en claro! —comentó Rosana, algo fastidiada, mientras barajaba las cartas.
Hanna frunció el ceño, pensativa.
—La verdad es que sí está raro —dijo, tomando su celular—. Déjame marcarles a ver qué pasa.
Se apartó un poco y marcó a la agencia. La llamada fue corta; en unos diez minutos estaba de vuelta, con cara seria.
Rosana no aguantó la curiosidad.
—¿Y? ¿Qué te dijeron?
—Que todo está normal con Amanda, que no encontraron ninguna amante ni nada por el estilo —respondió Hanna, encogiéndose de hombros.
—¡Eso es imposible! —exclamó Rosana, indignada.
—También lo pienso, pero es lo que dicen. Si Amanda es tan “normal”, entonces… ¿cómo explicas lo de Zane? —dijo Hanna, bajando la voz—. O sea, ¿un millonario como ese va a estar casado más de veinte años sin hijos y justo después de divorciarse resulta que sí puede tener uno? ¡No tiene sentido!
—Tienes razón… pero igual, no sirve de nada desesperarse. Amanda sí que sabe esconderse, no por nada Adolfo Lozano nunca se dio cuenta de nada —dijo Rosana, suspirando.
Si ni los detectives profesionales notaban nada raro con Amanda, menos iba a darse cuenta Adolfo, un tipo común y corriente.
El único deseo de Rosana era que Amanda terminara fuera de la casa, con una mano adelante y otra atrás.
Hanna aprovechó el silencio para cambiar de tema:
—Ma, ¿y has hablado con el señor Rios? ¿Ya te dijo cuándo van a casarse o algo así?
Rosana negó con la cabeza.
—Todavía no hemos tocado ese tema.
—¿Cómo que no? —insistió Hanna—. Mira que estamos viviendo aquí, pero entre ustedes no hay nada formal. Si un día al señor Rios se le cruza otra mujer, ¿tú qué vas a hacer?
—¿Y qué hago si pasa? Yo creo que el señor Rios no es de ese tipo de hombres, ¿no?
—Mamá, uno nunca sabe. Hay que ser precavida, pero sin presionarlo, ¿ok? Mejor habla con él de una manera sutil, no lo vayas a asustar —aconsejó Hanna.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...