Clara apretó los labios, arrastrando a Julián por el cuello de la ropa, y subió al tercer piso en total silencio. Luego cerró la puerta de un portazo, bloqueando todo el ruido del exterior.
Tiró a Julián al suelo.
Abrió el cierre de su mochila y volcó todos los libros y cuadernos que traía dentro.
Y exigió con frialdad:
—¿Cuál es la tarea de hoy?
Julián apretó los dientes:
—¿A ti qué te importa? ¿Quién te crees que eres para meterte en mis cosas?
Clara se inclinó un poco, lo agarró del hombro y le dijo pausadamente:
—Soy tu hermana mayor, de tu misma sangre. Cuando no está la madre, la hermana mayor toma su lugar, así que soy prácticamente tu madre. Por lo tanto, me importan todas y cada una de tus cosas. Dime qué tarea te dejaron hoy. Y si no me lo quieres decir, no importa, llamaré por teléfono a tu maestro para preguntarle.
Bajo la crianza permisiva de Blanca durante seis años, Julián había perdido el rumbo por completo.
Si no usaba métodos duros, el niño jamás iba a obedecer.
Julián cerró los puños con todas sus fuerzas.
Respondió furioso:
—Me quedé dormido en la clase, no escuché qué tarea dejaron.
Clara ojeó rápidamente uno de los libros. Parecía nuevo, sin abrir; era obvio que, aunque supiera la tarea, el mocoso no la iba a hacer.
Dijo tranquilamente:
—Para empezar, haremos algo sencillo: escribe y memoriza diez palabras en inglés.
Julián no tenía la menor intención de escribir nada, pero sabía que, si no la obedecía, no iba a poder salir de esa recámara.
Se sentó en la silla con cara de pocos amigos.
Clara preguntó:
—Llevas gritando un buen rato, ¿tienes sed? ¿Quieres tomar agua?
Julián moría de ganas por hacerse el orgulloso y decirle que no, pero la verdad es que tenía la garganta seca, así que respondió de mala gana:
—Sí.
Clara sonrió:
—Sírvetela tú mismo.

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