—¡Empuja! ¡Empuja! ¡Empuja! —alentó una voz femenina.
—¡Aaaah…! —otro grito, desgarrador y agudo, atravesó la habitación mientras la mujer en la cama se aferraba a las sábanas, empujando con todas sus fuerzas.
La escena se desarrollaba en la amplia y solemne habitación principal de la mansión de Cedric, el Beta del Clan Asgard. La estancia estaba iluminada por lámparas de aceite que proyectaban sombras oscilantes sobre las paredes recubiertas de madera oscura. Un aroma a hierbas medicinales impregnaba el aire, mezclándose con el sudor y el olor tenue de la sangre. La cama de pilares tallados vibraba levemente bajo los espasmos de Morgana, cuya respiración entrecortada resonaba entre las cortinas pesadas que rodeaban la estancia.
Frente a ella, al pie de la cama, la médica de la familia guiaba el proceso con voz controlada, consciente de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.
Morgana apretaba los dientes, con el rostro enrojecido y los cabellos húmedos pegados a la frente. Había esperado este momento con ansiedad y temor, pues la presión que recaía sobre ella era inmensa. Aquella criatura que estaba a punto de traer al mundo debía ser una hembra. No sería una hija común: sería la futura esposa del próximo Alfa.
Después de haber perdido un embarazo anterior —un varón que no cumplía con lo que la tradición exigía— necesitaba desesperadamente que este alumbramiento culminara en una niña. Y así, con un último grito que retumbó en la habitación, el bebé finalmente salió.
—¡Es una hembra! —exclamó la médica, alzando a la pequeña entre sus manos—. ¡Es una hembra, señora Morgana!
Un suspiro de alivio escapó del pecho de la mujer reclinada.
—Por fin… —murmuró, casi sin aire—. Por fin… he tenido a la futura esposa del futuro Alfa.
La alegría la envolvió por completo cuando contempló brevemente a la recién nacida. Sus labios temblaron con una sonrisa triunfante, un acto que revelaba no solo amor materno, sino también la sensación de haber cumplido con la obligación más importante ante la manada y ante ella misma. La médica asintió con suavidad y comenzó a preparar a la pequeña para llevarla a un recipiente de agua tibia donde la limpiaría.
Sin embargo, antes de que pudiera dar un solo paso, el cuerpo de Morgana se arqueó con violencia. Un espasmo repentino atravesó su abdomen y un grito profundo brotó de su garganta. La médica se giró con rapidez, confundida por un instante, hasta que vio cómo el rostro de la mujer se contraía con un nuevo dolor.
—No… no puede ser… —balbuceó Morgana, entre jadeos—. Son… contracciones otra vez…
Las contracciones se intensificaron con una brusquedad inesperada, arrancando un nuevo gemido de dolor de la garganta de Morgana. Su cuerpo se estremecía de manera casi convulsiva, y la médica tardó unos segundos en reaccionar, desconcertada ante la repentina reanudación del proceso.
Aún sostenía en brazos a la recién nacida, la primogénita, cuyo llanto agudo se elevaba y rebotaba contra las paredes de la habitación. Con movimientos rápidos, la médica se giró hacia su ayudante, una joven loba que permanecía cerca de ella, y le entregó a la cachorra.
—Sostenla con cuidado —indicó.
La ayudante asintió con nerviosismo y cargó a la bebé contra su pecho. Mientras tanto, la médica regresó a la cama, inclinándose junto a la madre que respiraba con dificultad, presa de contracciones cada vez más violentas.
Minutos después, otra vida emergió. La médica la recibió entre sus manos, con la destreza que solo los años de experiencia podían otorgar. La levantó unos centímetros, como para confirmar lo que sus sentidos ya le gritaban con claridad.
—Señora Morgana… —susurró, todavía incrédula—. Usted ha tenido gemelas.
Morgana abrió los ojos de par en par, desorbitados por el pánico.
—No… —murmuró, negando con un movimiento frenético de la cabeza—. No… no puede ser… ¡No puede ser!
La médica mantuvo la cachorra entre sus brazos, una criatura tan diminuta y semejante a su hermana que habría sido imposible distinguirlas de no ser por el orden de nacimiento. Morgana apartó la mirada como si hubiese visto una visión prohibida, como si contemplar a la recién nacida fuese en sí mismo un acto peligroso.
Para el Clan Asgard, los gemelos no solo eran una rareza: eran un mal presagio. Siglos atrás, ya había existido gemelos dentro de la manada, lo cual había terminado en desgracia. Ambos jugaron con sus identidades, burlándose del Alfa de aquel entonces e intercambiando vidas como les parecía conveniente.
Los dos gemelos fueron ejecutados por traición. Desde entonces, los gemelos estaban prohibidos.
El pensamiento se le impuso a Morgana con una claridad cruel. Esa segunda niña no era una hija: era una amenaza viva. Su sola existencia ponía en jaque todo lo que había construido. Si Cedric llegaba a saber la verdad, no habría misericordia. Podrían señalarla como culpable, acusarla de haber desafiado las normas sagradas de la manada, y su castigo sería inmediato: la muerte o el destierro, mientras su esposo tomaría otra compañera para preservar el linaje.
Peor aún, en su caída, arrastraría consigo a ambas criaturas; ni siquiera la primogénita estaría a salvo. Por eso, en el instante exacto en que comprendió que había dado a luz a dos hijas idénticas, Morgana sintió cómo algo se quebraba dentro de ella. Aquella segunda cachorra representaba la pérdida absoluta: de su posición, de su vida y del futuro que había reservado para su primogénita. Y así, Morgana la odió desde el primer momento, convencida de que, mientras esa cachorra respirara, su vida corría peligro.
—¡Mátala! —exclamó Morgana a la médica—. ¡La que acaba de nacer… mátala! ¡Deshazte de ella antes de que Cedric lo sepa!
Pero ya era demasiado tarde. Antes de que la médica pudiera responder o siquiera procesar la orden desesperada de Morgana, el eco inconfundible de pasos firmes comenzó a resonar en el pasillo que conducía a la habitación. El corazón de Morgana se aceleró, y un velo de terror se posó sobre sus facciones pálidas.
—¡Escóndela! —susurró—. ¡Escóndela ahora! No quiero que Cedric la vea. Luego… luego tendremos que deshacernos de ella… ¡pero ahora solo escóndela!
La médica obedeció sin replicar. La envolvió con una de las mantas finas que había junto a la mesa auxiliar y se dirigió al gran armario de madera tallada que ocupaba una de las paredes laterales de la habitación.
Abrió sus puertas y depositó allí a la recién nacida, cuidando de acomodarla de manera que su llanto no resonara, y cerró las puertas con suavidad.
Un instante después, la puerta de la habitación se abrió con decisión.
—Morgana —articuló Cedric—. ¿Ya ha ocurrido el parto?
El Beta de la manada avanzó con un semblante solemne. La ayudante, aún nerviosa, se adelantó con la primogénita en brazos. Con cuidado reverente, le ofreció la bebé, y Cedric la tomó con delicadeza, como si aquel pequeño cuerpo fuese un tesoro que debía proteger con la fuerza de todo su linaje.
—Sí… sí, querido —respondió Morgana—. He tenido una hembra. La futura esposa del futuro Alfa… tal como deseábamos.
Cedric bajó la mirada hacia la cachorra que sostenía.
—¿Está sana? —preguntó sin apartar la vista de la niña.
La médica inclinó la cabeza ligeramente.
—A simple vista, parece encontrarse en perfecto estado. Aún no he realizado una revisión exhaustiva, pero no detecto ninguna anomalía evidente.
Él asintió con aprobación.
—Eso es bueno —dijo, antes de dirigir la mirada a su esposa—. Te ves agotada… pero lo hiciste bien, Morgana.
Ella trató de dibujar una sonrisa débil, vacilante, que pretendía ocultar la angustia que le recorría las entrañas.
Entonces ocurrió. Un pequeño sollozo se elevó como un hilo de cristal quebrado. Cedric se detuvo en seco. Ladeó la cabeza ligeramente, como si necesitara confirmar que no había imaginado aquel murmullo infantil.
El llanto volvió, esta vez más claro.
Cedric frunció el ceño y bajó la mirada hacia la bebé que llevaba en brazos. La observó un instante: sus labios estaban cerrados. El llanto no provenía de ella.
Cedric levantó la vista, desconcertado, y sus ojos se dirigieron hacia el armario. El sonido emergía de allí.
—Estoy escuchando el llanto de un bebé en ese armario —declaró Cedric.
El rostro de Morgana se tensó de inmediato.
—N-no… no es nada, querido —balbuceó, forzando una sonrisa quebradiza—. Debes de estar confundido, es la bebé… es nuestra hija la que llora. ¿Por qué no… por qué no pensamos en un nombre para ella? Nuestra primogénita, la más importante ahora… la que será la futura Luna…
Cedric no se dejó engañar.
—Sé perfectamente lo que estoy escuchando —replicó—. No soy ningún tonto. Y ahora mismo quiero que me expliquen qué demonios está sucediendo en esta habitación.

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