África, la primogénita, creció amada, esperada y necesaria. Desde sus primeros años, cada enseñanza que recibía estaban cuidadosamente dirigidos a un único propósito. Sus padres la criaron con dedicación absoluta, proporcionándole afecto, educación rigurosa y una disciplina impecable. Todo en su formación estaba orientado a convertirla en una futura Luna.
Ella pertenecía a la familia del Beta, una estirpe cuya responsabilidad no era menor dentro de la jerarquía del Clan Asgard. Desde tiempos ancestrales, recaía sobre esa familia una obligación inalterable: de su linaje debía surgir la loba destinada a convertirse en la esposa del Alfa.
No se trataba de una tradición simbólica ni de una simple preferencia; era una norma profundamente arraigada en la estructura de poder. El Beta no solo sostenía al Alfa con lealtad y fuerza, sino que aseguraba la continuidad del dominio mediante la sangre. África, por lo tanto, no era solo una hija: era una promesa política, un pilar futuro, una pieza esencial en el equilibrio del Clan.
En lo que respectaba al Alfa, el amor nunca fue un factor determinante. En la cúpula del poder, la noción de mate —la compañera destinada por instinto— era vista como un detalle menor. El Alfa debía unirse a una loba cuya sangre garantizara fuerza, estabilidad y continuidad. La elección recaía siempre en una familia poderosa, como la del Beta, capaz de sostener el peso del linaje real.
Si el Alfa resultaba tener una compañera destinada que no perteneciera a una familia de prestigio, el máximo permiso concedido era mantenerla como amante. Nunca como esposa. Nunca como Luna. El matrimonio era una alianza, no un acto de devoción.
Entre los lobos comunes, las reglas eran distintas. Ellos podían casarse con sus mates sin que nadie los cuestionara. El instinto y el vínculo eran suficientes. Pero la familia real no gozaba de ese privilegio. Para el Alfa, el deber siempre prevalecía sobre el deseo.
Por otro lado, la segunda gemela creció en un mundo completamente distinto. Jamás tuvo conocimiento de su verdadero origen. No sabía que llevaba la sangre del Beta, mucho menos imaginaba que compartía la misma sangre con África, la loba destinada a convertirse en Luna.
Creció entre la servidumbre, respirando el mismo aire que quienes limpiaban los pasillos, encendían los fuegos y bajaban la cabeza ante cualquier orden. Creyó durante años que una de las mujeres del servicio era su madre, porque fue esa mujer quien la sostuvo cuando lloraba y quien le enseñó a pronunciar sus primeras palabras. Fue también ella quien le dio un nombre: Sigrid.
Sigrid creció pensando que ese era su lugar natural. La educación que obtuvo fue mínima, suficiente para obedecer órdenes, leer instrucciones sencillas y cumplir tareas domésticas sin cometer errores graves. Nada de historia del Clan, nada de protocolos, nada de refinamiento.
Aun así, Sigrid creció con una docilidad aprendida y un silencio constante. No esperaba reconocimiento, no reclamaba afecto. Su vida transcurría entre pasillos discretos y habitaciones donde solo entraba para limpiar o asistir. Hasta que llegó el día de la boda.
África, ya convertida en una loba joven y hermosa, se preparaba para unirse al Alfa, cumpliendo el destino que le había sido impuesto desde el nacimiento. Y fue precisamente Sigrid quien recibió la orden de ayudarla a arreglarse.
Con cuidado extremo, Sigrid peinaba el cabello de África frente al espejo. Sus dedos temblaban levemente, no por torpeza, sino por el peso del momento. De pronto, África soltó un grito breve y agudo.
—¡Auch! —exclamó, con el ceño fruncido—. ¡Maldita sea!
Se levantó de golpe, girándose con violencia. Antes de que Sigrid pudiera disculparse, África levantó la mano y le propinó una bofetada brutal.
Sigrid perdió el equilibrio y cayó al suelo, aturdida, con la mejilla ardiendo y el corazón encogido.
—¿Qué no sabes peinar más suavemente? —le gritó África desde arriba—. ¿Acaso tú nunca te peinas? ¡Casi me arrancas un mechón de pelo!
De pronto, otra voz femenina se hizo presente.
—Otra vez… —articuló—. Otra vez lo mismo contigo, Sigrid. ¿En verdad no sirves para nada más que para hacerlo todo mal?
Era Morgana. Se había detenido junto a la puerta, observando la escena con una expresión fría.
—Madre —mencionó África—, esta estúpida casi me deja calva y le di su merecido, aunque ahora siento que me he contaminado la mano. ¡Qué asco!
Sigrid seguía en el suelo. El golpe había sido lo suficientemente fuerte como para desorientarla; sentía un zumbido persistente en los oídos y un ardor profundo en la mejilla.
Antes de que pudiera incorporarse por sí misma, Morgana avanzó hacia ella sin prisa, y sin decir una palabra, se inclinó y le tomó el cabello con fuerza, enredando los dedos sin cuidado alguno. Tiró de ella hacia arriba con brusquedad, obligándola a ponerse de pie a la fuerza.
Sigrid dejó escapar un gemido ahogado, producto del dolor agudo que le recorrió el cuero cabelludo y el cuello.
—Si sigues molestando a mi hija, te aseguro que la que te va a dejar calva soy yo —amenazó Morgana.
Luego la soltó de golpe, como si le repugnara tocarla un segundo más. Sigrid trastabilló, pero logró mantenerse en pie, con la cabeza baja y el cuerpo rígido.
—Haz tu trabajo. Péinala como se debe —impuso Morgana—. Déjala hermosa para su futuro marido, para el Alfa. Ella es la futura Luna. Y tú te mudarás con ella en la mansión del Alfa para servirla personalmente. ¿Te das cuenta del privilegio que te ha dado esta familia? Servir personalmente a la Luna de este Clan. Cualquier otra sirvienta habría dado su vida por un puesto como el tuyo. Pero tú… —la recorrió de arriba abajo con desprecio— para algo debes servir, ¿no? Después de todo, has crecido en esta casa, bajo nuestro techo, comiendo nuestra comida.
Morgana se acercó un paso más, bajando la voz.
—Con esa cara tan espantosa que tienes, ni siquiera sirves para venderte a un lobo rico que te quiera como esposa. Nadie te querrá jamás. Así que recuerda esto muy bien: solo existes para servir a África.
Sigrid asintió lentamente, sin alzar la cabeza.
—Sí, señora.
No dijo nada más. Nunca lo hacía. Había aprendido desde muy pequeña que cualquier explicación, cualquier defensa o súplica solo empeoraba las cosas. Aquel tipo de maltrato no le resultaba nuevo; formaba parte de su cotidianidad, de un orden que jamás había logrado comprender por completo.
Nunca supo con certeza por qué la odiaban tanto. A veces pensaba que todo se debía a su rostro, a esa cara deforme que provocaba rechazo en la familia de África. Desde siempre, ellos la habían despreciado por ello, usando su apariencia como excusa para humillarla, para recordarle constantemente su inferioridad.
En la servidumbre ocurría algo similar. Muchas empleadas repetían la crueldad de sus señores, encontrando en Sigrid un blanco fácil. Se burlaban de ella, la denigraban por su rostro desfigurado, por las marcas visibles que la distinguían de los demás.

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