Kennedy
Estaba tan enojada de que hubiera ignorado cómo me sentía y simplemente hubiera pasado a cómo sabía lo del rechazo. ¿Acaso esperaba que no me diera cuenta para que no pudiera lastimar a su lobo?
Mi cuerpo temblaba de furia y no sabía cuánto tiempo más podría quedarme allí parada soportando esa pelea. Ya lo había golpeado una vez, no creía que me dejara hacerlo de nuevo. Necesitaba resolver eso de alguna manera o podría explotar.
—¡No! Por supuesto que no —gruñó—. Por mis interacciones con Robin deberías saberlo.
—Te das cuenta de que nunca te he visto interactuar con ella, ¿verdad? Aparte de tus guerreros y de Amy, la única vez que te he visto con alguien más fue en la fiesta de Rayna. Y ahí te la pasaste más que nada coqueteando y adulando a otras.
—¿Mi madre te mostró estos libros? Suena como algo que ella haría.
—No, nunca me la han presentado. Paso mucho tiempo aquí adentro, sola —hice un ademán con el dedo abarcando la oficina—. Supuse que a nadie le importaría si volvía a dejar todo tal y como lo encontré. Los días son largos y a veces las noches son peores.
Me dejé caer en el sofá. Después de esa confesión era como si me hubieran desconectado. Toda la energía se drenó de mí de repente.
—Greta dijo que cenas con mi madre un par de veces a la semana.
Respiré profundo y me le quedé mirando; su confusión era genuina. Seguía clavado en el mismo lugar en medio de la oficina, con los brazos colgando a los lados. Estaba igual de perdido.
La única con la que hacía algo de forma regular, que no fuera un Omega de la casa de la manada, era... carajo, ¿en serio? Suspiré y lo miré lentamente, con mi enojo en aumento.
—Eso tiene sentido —tomé una gran bocanada de aire y no pude evitar que se me escapara una risa irónica—. Tu madre no se llamará Sarah, ¿verdad?

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