Kennedy
Me palpitaba la cabeza. ¿Había tomado la noche anterior? No, no creía haber tomado nada desde que me había mudado. Los ojos me pesaban tanto; quería abrirlos, pero estaban pegados. Sin embargo, estaba tan cómoda que tal vez no me movería por un rato más. La oscuridad me llamaba por mi nombre. Solo unos minutos más. Respiré hondo y me hundí en la suave manta que me envolvía.
La siguiente vez que recuperé el conocimiento, sentí un cosquilleo por todas partes.
—Oye, corderito. ¿Puedes oírme?
—¿Mmhmm? —Conocía esa voz grave y retumbante, y no debería haberme gustado tanto como me gustaba.
Pero no recordaba por qué pensaba eso. Respiré hondo otra vez. Su olor a romero y menta me rodeaba. Él no debería haber estado allí conmigo. Otro respiro. Tal vez seguía soñando. Él quería a alguien como Amy, no a mí. Inhalé, exhalé. Era tan agradable.
—¿Kennedy?
—¿Qué? —susurré. Mi voz sonaba áspera como la grava.
Se rio, tan cerca de mi oído que se me puso la piel de gallina mientras un escalofrío recorría mi cuerpo.
—Abre esos ojos para mí, preciosa.
—No —me quejé, y luego me acurruqué más.
Aquella cama era increíble, mi sueño con Ryker era increíble; no quería perderlo despertándome por completo.
—¿Por qué no? —Sentí una presión en la espalda.
—Este es un buen sueño. No quiero que se acabe.
Su risa retumbante me provocó otra ola de escalofríos por todo el cuerpo.
—¿Por qué no abres los ojos y te aseguras de que no es un sueño?
Volví a quejarme, respiré hondo otra vez y entreabrí los ojos lentamente. Estaba mirando la garganta más sensual que había visto en mi vida. ¿Podía una garganta ser sexy? Incliné la cabeza hacia arriba despacio; estaba tan cerca que mi nariz rozaba la larga extensión de piel frente a mí. Eso explicaba la intensidad de su olor.

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