—¿Y si estuviera de acuerdo con que me lanzaras contra la camioneta? —sonreí con la mayor inocencia posible, mirando por encima del hombro.
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—Solo sube al auto —dejó escapar un gruñido—. Ya va a ser bastante difícil conducir sin esa imagen en la cabeza.
—Podría ayudarte con ese problema —murmuré con dulzura al inclinarme sobre la consola central y acercarme a él, sabiendo lo que iba a suceder.
—Te lo dije —susurró él, agarrándome la muñeca y acercándose, tal como predije—. La primera vez que hagas que me venga, no será en tu mano ni en esa atrevida garganta. Estaré enterrado tan profundo en ese dulce coñito, mirándote directo a esos ojos azul hielo, que olvidarás tu propio nombre. —Me dedicó una sonrisa deliberadamente lenta—. Ahora, estoy excitado y hambriento, ¿podemos ir a buscar comida para poder calmarme de una puta vez antes de tener que trabajar con esos adolescentes hormonales?
—Al menos encajarías con ellos. —Él se estiró a la velocidad del rayo y me apretó la rodilla, haciéndome chillar. Siguió haciéndome cosquillas hasta que respondí a su pregunta—. ¡SÍ! ¡SÍ! ¡Ya podemos irnos!
Llegamos y un Omega nos recibió para ir a estacionar el auto en el inmenso garaje a un lado de la casa de la manada. Entramos por la puerta principal. Fue en ese momento cuando me atacaron los nervios. No estaba nerviosa por la multitud, pero siempre estaba en guardia.
No había visto a Amy desde el día en la oficina de Ryker, pero eso no significaba que no estuviera allí, al acecho. El desayuno parecía ser su momento favorito para intentar acorralarlo, y todo había ido tan bien hasta entonces. Solo estaba esperando a que las cosas se complicaran.
Ryker debió sentir mi vacilación porque me tomó de la mano y entrelazó nuestros dedos. Nunca antes me había tomado de la mano en público. Miré nuestras manos, el sencillo gesto, y luego levanté la vista hacia él. Estaba esperando para asegurarse de que me pareciera bien.
—No sé si te moleste, pero ¿puedo preguntar qué pasó? —Bennet todavía tenía miedo de sacar algún tema que pudiera ponerme triste. Probablemente fuera la única persona que me había visto en mi peor momento, además de Jeremiah.
—La verdad es que no es una gran historia. Mi mamá y la tía Beth habían sido mejores amigas desde la universidad, y cuando ella se convirtió en la Luna de la Manada Creciente Plateado, en cierto modo adoptó a nuestra familia. Supongo que el tío James asumió que venían en manada —sonreí ante ese recuerdo—. Estábamos en una fiesta celebrando a todos los estudiantes de último año antes de que tomaran rumbos separados. Normalmente nos hubiéramos quedado a dormir. O sea, probablemente pasaba tanto tiempo allí como en mi propia casa; la tía Beth me dio mi propia habitación cuando tenía seis años. Pero yo tenía que estudiar para un examen muy importante, mi papá tenía trabajo que hacer y se suponía que iba a caer una fuerte tormenta al día siguiente, lo que dificultaría el viaje. Así que nos fuimos tarde. Me quedé dormida en el asiento trasero, así que solo sé lo que pasó por lo que me contaron los demás. Pero en algún punto, a mitad de camino a casa, fuimos embestidos por un conductor ebrio; nuestro auto dio muchas vueltas y quedó atrapado contra una de esas barreras de concreto en el medio de la carretera. —Ryker me rodeó con su brazo y me atrajo más hacia él—. Me tomó mucho tiempo encontrar un teléfono para pedir ayuda y no podía salir del auto. Según los terapeutas, haber estado atrapada con mis padres, quienes murieron en el impacto, durante la hora que tardaron en llegar a rescatarme, es lo que causa mis pesadillas.
—Por favor, dime que el conductor recibió su merecido —preguntó Josh con agresividad desde el otro lado de Ryker.
—Él también murió. Fui la única sobreviviente y nadie puede explicar cómo ni por qué. Nuestro auto quedó completamente destrozado, irreconocible. Tuvieron que abrirlo como una lata para sacarme y yo solo tenía un corte detrás de la oreja que necesitó tres puntos de sutura.

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