—¡Marietta! —Vi a la guerrera en ella cuando se volvió. Era formidable por derecho propio. Entendía por qué tantos se intimidaban con su sola presencia—. ¿Puedes reunir a todos los miembros del aquelarre y a los lobos que necesiten atención? Se está haciendo tarde y no hay razón para tratarlos aquí afuera. El hospital de la manada está mejor equipado para quien aún lo necesite. Para los demás, tenemos una solución temporal de alojamiento esta noche.
No me cuestionó para nada y enseguida organizamos a todos y nos pusimos en marcha.
El territorio de la manada de Elara era pequeño y, en su mayoría, bosque. El pueblo que se había construido con el tiempo no invadía el contorno natural del terreno. Como la manada tenía un cuerpo de agua en su frontera sur, había una pendiente natural que bajaba hasta donde la tierra se encontraba con el agua. La Manada Garra Negra estaba edificada en el valle poco profundo de esa pendiente, dejando que los árboles y las llanuras abiertas crecieran salvajes a su alrededor. Las montañas al oeste se alzaban amenazantes y desaparecían entre las nubes.
Jason y yo empezamos a trabajar en este proyecto cuando Elara me dijo que la casa de la manada no le gustaba para nada. Me dijo que le parecía demasiado lujosa y que no encajaba con ella. Él y yo descubrimos que había mucho tiempo muerto y mucho espacio para que la cabeza se nos fuera por el camino equivocado mientras esperábamos que una compañera te aceptara, sin tener la fuerza para alejarte de ella. Me ayudó con el proyecto cuando necesitaba algo en lo que enfocarme y luego lo retomó él durante las noches en vela cuidando a Juliette.
Guiamos al grupo maltrecho hasta una zona a unas cinco millas de la casa de la manada original, justo más allá de la línea de árboles, al oeste del pueblo propiamente dicho. No estaba escondido, pero tampoco era obvio. Tampoco era un secreto, pero le había pedido a todos que no hablaran del tema cuando Elara estuviera cerca. Si se había dado cuenta de lo que andábamos tramando, no había dicho nada. Aunque también había estado bastante ocupada siendo acosada y cazada por una bruja psicótica.
Cuando en la arboleda se distinguió un claro, se alcanzó a ver la nueva casa de la manada con un brillo cálido mientras el sol desaparecía detrás de él. No era nada elegante, pero creía que eso era justo lo que más odiaba Elara de su casa de la infancia. No era un hogar, sino una pieza de exhibición para presumir ante los de afuera.
Esta casa había terminado siendo más grande que la anterior, pero con la funcionalidad de una casa de la manada que recibiría visitas con regularidad. Tenía toda la intención de que mis amigos y mi familia vinieran de visita, y con las brujas en el limbo quería asegurarme de que toda la gente importante para Elara y para mí estuviera a gusto, sin dejar de tener nuestro propio refugio lejos del escándalo. No entendía por qué su padre casi nunca recibía visitas, salvo para casarla con algún lobo cualquiera bien conectado. Aunque, ahora que entendía mejor las dinámicas de manada, eso seguramente era cosa de los Sabios más que de sus padres.
Era un edificio grande en forma de “L” de tres pisos. La planta baja era toda zonas comunes y dormitorios para los Omegas que vivían en la casa. El segundo piso era para huéspedes y tendría un gimnasio y una sala de estar para su uso. El piso de arriba alojaría la suite del Alfa con suficientes habitaciones para que una familia creciera en una de las alas del nivel. El lado opuesto albergaría a otros invitados VIP, como Alfas visitantes y sus familias. Ninguna de las habitaciones estaba terminada ni amueblada, pero las paredes ya estaban en pie y se podían encender las chimeneas para que los humanos no tuvieran frío.

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