Ryker
Nunca en mi vida había caminado tanto de un lado a otro. No estaba preocupado ni ansioso. No creía estar nervioso, pero Kennedy estaba pasando tiempo conmigo por voluntad propia, fuera del entrenamiento y de los asuntos de la manada. Se estaba interesando en la manada como debería hacerlo una Luna. Toda aquella relación se estaba volviendo real por primera vez. La deseaba. Es decir, siempre la había deseado, pero en ese momento no era solo físicamente. Ella era importante.
—Ryker, siéntate. Me estás desesperando —me regañó mi madre, levantando la vista de los libros que estaba leyendo en ese momento.
Estábamos en el pequeño comedor de la casa que ella y mi padre habían elegido cuando se mudaron de la casa de la manada. Estaba a solo unos minutos de distancia, pero se encontraba escondida en el bosque, y era acogedora y privada.
—No puedo. No tengo idea de lo que estoy haciendo y no puedo equivocarme más. ¿Qué hago?
Le di a mi mamá un breve resumen de las interacciones que Kennedy y yo habíamos tenido desde que llegó y, naturalmente, mi mamá ya sabía la mayor parte desde el punto de vista de Kennedy y se puso del lado de mi compañera. Se dedicó a recordarme todas las formas en las que yo era un idiota de una manera que solo una madre puede hacer.
—Bueno, ella no te rechazó abiertamente cuando mencionaste lo de tener hijos ayer, así que todavía tengo esperanza —se rio de mí—. Tal vez tenga nietos uno de estos días. Estuve preocupada por un tiempo.
—¡Mamá!
—¡¿Qué?! Ningún lobo macho se aferra a su virginidad de la forma en que tú lo has hecho. Por un tiempo pensé que tal vez eras gay y que íbamos a tener que buscar un vientre de alquiler.
—Mamá —Gruñí sin muchas ganas, frotándome la cara con las manos. Por supuesto que lo sabía. Esa mujer lo sabía todo. Continué caminando de un lado a otro.
—Cualquier escenario habría estado bien para mí, pero me agrada Kennedy. Ella es buena para ti. Las cosas habían sido demasiado fáciles para ti durante mucho tiempo, con todos besándote el trasero. Esa chica mantendrá tu ego firmemente a raya.
—Eso lo hace excepcionalmente bien. Pero no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, nunca he tenido citas. ¿Y si la hago enojar de nuevo?
—Ay, cariño, ese es un escenario garantizado. No hay necesidad de preocuparse por eso antes de que suceda. Ahora siéntate. ¿Ya vienen en camino?
—Gracias por el voto de confianza —Bennet había dicho que me avisaría cuando estuvieran en camino, pero no había sabido nada de él.
—¿Pensaste en preguntarle a ella? Digo, en este momento puedes usar el enlace mental con ella y además tiene uno de esos teléfonos modernos —Genial. En ese momento se estaba burlando de mí. Y, sin embargo, no se equivocaba.
Saqué mi teléfono para empezar a escribirle un mensaje a Kennedy. Escribí y borré varios mientras mi mamá soltaba una carcajada ante mi torpeza, hasta que encontré mi forma de romper el hielo:

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