Kennedy
Estaba muy orgullosa de mí misma. No armé ningún escándalo ni salí furiosa del cuarto, aunque era exactamente lo que mis instintos me pedían. No quería quedarme encerrada en la casa otra vez. Mucho menos sabiendo que Amy había vuelto y estaba buscando problemas. A ella claramente no le importaba que Ryker tuviera una compañera. Antes podía entender su problema conmigo, cuando recién llegué.
Pensé que quizás él tenía una conexión más profunda con ella, o que le había hecho promesas, considerando la edad que tenía. Tener veintiséis años y no haber encontrado aún a la compañera predestinada no era algo inaudito, pero se acercaba más a lo raro que a lo normal.
Ahora que llevaba un tiempo ahí y viendo cómo Ryker se comportaba conmigo, cómo me había atraído hacia él mientras ella estaba justo frente a nosotros, me quedaba claro que la obsesión era completamente de ella.
Eso era otra cosa que tenía que asimilar. La forma en que me había sostenido. Algo tan sencillo como usarme para cubrirse ese fabuloso cuerpo desnudo. Había sentido… no quería pensar en ello por si lo echaba a perder, pero me había sostenido.
Y luego, cuando llegamos al despacho, me vio angustiada y vino directo hacia mí, como si fuera su única preocupación en ese momento. Tomé una bocanada de aire y traté de pensar en algo que pudiera hacer para no volverme loca sentada ahí esperando.
Empezaría en mi nuevo despacho. Adoraba el estudio. Se había convertido en uno de mis lugares favoritos. Había pasado horas ahí con Sarah, Greta, Robin, Bennet y Danny revisando libros minuciosamente para ayudar a confirmar o desestimar los temores de Ryker sobre marcarme.
Danny no solía aguantar más de veinte minutos antes de empezar a pasearse por el cuarto o irse a hacer otra cosa. No habíamos encontrado nada lo suficientemente convincente como para dar el siguiente paso, pero convencer a Ryker era harina de otro costal.
—¡LÁRGATE DE MI CAMA, PUTA SUCIA! —Corrí hacia ella y la agarré del cabello, arrastrándola a gritos fuera de la cama.
Procedí a sacarla a rastras de nuestra habitación y por el pasillo, mientras ella peleaba, pataleaba y gritaba en todo el trayecto. Podía sentir cómo los mechones se le arrancaban del cuero cabelludo, pero no iba a aflojar el agarre arriesgándome a que se escapara.
—Te advertí que la próxima vez que te acercaras a mi compañero, te arrastraría afuera y te arrancaría el cabello mechón a mechón. Ahora tengo el extra de arrojarte desnuda a la calle mientras lo hago —dije, y la dejé golpear cada uno de los escalones al bajar. Los quejidos y gruñidos que salieron de ella no decepcionaron.
Para ese entonces era obvio que habíamos armado un espectáculo. No era tan tarde, así que todavía había lobos moviéndose por el piso principal. Robin salió a toda prisa, pero se detuvo en seco al verme. No supe si fue la expresión de mi cara o quién llevaba entre mis brazos, pero fue directa a la puerta para abrirla. Sin preguntar nada ni lanzarme miradas de curiosidad.

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