—Mmm. ¿El “por favor”... ah... oh, o mi nombre?
—Rrrrrr, ¡mierda! Los dos. Me gusta cuando me suplicas —Extendió la mano, tomó el mentón entre los dedos y arrastró el pulgar sobre mis labios—. Pero me encanta cómo mi nombre cae de estos labios. ¡Mierda! Ven conmigo, bebé.
Era como si tuviera el interruptor que encendía mi clítoris. Me apretó con más fuerza contra él, y mi centro palpitaba intentando aferrarse a nada, pero era tan intenso como cualquier otro orgasmo que me había dado. Probablemente le estaba dejando marcas de uñas en la nuca.
—¡JEFE! ¡¡OH, MIERDA, LO SIENTO!!
PAM.
—¿Qué mierda fue eso? —pregunté mirando por encima del hombro hacia la puerta.
—Un Delta con los días contados —gruñó Ryker.
Me moví para levantarme.
—Eso sonó importante, necesitamos ir...
—Esto es importante, y no he terminado contigo —Me jaló de vuelta hacia él.
Reí entre dientes.
—Tenemos mucho tiempo ahora que has decidido que no puedo deshacerme de ti —Tomé su cara entre las manos, lo besé, y salté de su regazo mientras estaba distraído.
—Eso no es justo. No puedes usar tus encantos para salirte con la tuya.
—Creo que ya establecimos que usaré todas las herramientas que tenga para salirme con la mía —Le sonreí y extendí la mano—. Vamos a ver qué necesitaba el Delta con los días contados cuando interrumpió tan groseramente.
Ryker gimió, pero tomó mi mano, se puso de pie y caminó haciendo pucheros como un niño pequeño. Abrió la puerta con más brusquedad de la necesaria. Debió haber olido a Danny justo al otro lado.
—No es suficiente, corderito. Nada de besos para provocarme —tomó mi cara entre las manos y plantó los labios sobre los míos, y me derretí en él. Mi cuerpo encajaba perfectamente con el suyo. No pude contener el pequeño gemido que escapó, y él lo devoró, profundizando el beso hasta que oímos otro carraspeo.
Me separé lo justo para burlarme de Danny, pero mantuve los labios en contacto con los de Ryker.
—Parece que nuestro Delta tiene problemas de garganta.
Ryker sonrió contra mis labios y me besó una vez más, suavemente.
—Yo también te quiero, corderito. Por favor, ten cuidado cuando salgas hoy. Haz que los chicos me avisen cuando se vayan, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —¿Por qué no podía hablar más alto que un susurro en ese momento? Sabía perfectamente lo que me hacía con esa sonrisa seductora a medias.
Tenía que alejarme antes de abalanzarme sobre él ahí mismo en el pasillo, frente a Danny, quien probablemente disfrutaría del espectáculo.

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