Me incliné para darle un beso... por fin. Pero ella gimió al menor contacto. Alfa gruñó en mi pecho. Alguien iba a morir. Me estaban impidiendo conectar con mi compañera.
Kennedy no se inmutó. Me sostuvo la cara con fuerza entre las manos, pero su atención no estaba puesta en mí.
—Finn, ¿dónde está Dirk?
¿Cómo podía estar tan tranquila? ¿Y cómo demonios sabía el nombre de todos?
—Puedo llamarlo, si quieres, Luna.
—Qué lameculos —dijo Bennet sin ocultar su irritación. Los labios de Kennedy se curvaron en una pequeña sonrisa.
Kennedy me soltó la cara, lo que hizo que Alfa volviera a gemir, hasta que sentí la calma llegar.
—Gracias, Luna. Lo siento —dijo Bennet, tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, lo cual me incomodó, aunque no podía apartarme. Debía de tener la mano puesta en él, calmándonos a los dos. El momento se rompió con los insultos de un lobo que era arrastrado hacia el frente.
—Ryker, bájame —me susurró.
—Ni de broma —le susurré de vuelta.
—Suéltenme, hijos de PUTA malditos —dijo el rebelde. Dos de nuestros guerreros lo tenían sujeto por los brazos, así que en realidad no podía hacer nada más que forcejear—. ¿Qué clase de Alfa eres? —le escupió a Finn—. ¿Traicionando a tu propia manada para qué, por un par de tetas? ¿Ella también te la mamó y ahora estás a la merced de dos perras?
—Me ató y me partió la cara —dijo Ken con un gesto hacia el inútil que sostenían los guerreros—. Él es el responsable de que mi sangre esté por todo el bosque.
—Huyó cuando irrumpieron en el campamento. Finn, ¿puedes rastrearla a través del vínculo?
—Puedo intentarlo. Tenemos muchas precauciones. Nuestros sentidos no funcionan tan bien dentro del campamento. Curiosamente, esa fue idea de ella y de su padre.
—Mientras esperamos... Finn, ¿cuántos están aquí contigo? ¿Hay niños o alguien que necesite atención urgente?
Mi compañera tenía un corazón enorme. La habían raptado y torturado, y lo único en lo que pensaba era en conseguir ayuda para esos rebeldes.
—Tenemos algunos guerreros heridos. No hay niños, pero llevamos cerca de un año sin hogar. Todos agradecerían una cama caliente y una buena comida.
Kennedy me miró con ojos suplicantes. Lo que no sabía era que en ese momento yo le hubiera dicho que sí a cualquier cosa que me pidiera.

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