Aquí terminaba. Había sido el centro de tantos de mis traumas pasados, de tantos problemas con Ryker, con mis padres, de todo. Seguía intentando darme codazos, pero se iba apagando; ella se iba apagando. La apreté más contra mí, hundiendo el brazo más en su garganta. Ahora me arañaba el antebrazo.
Mamá, papá, eso era por ustedes. Por todo lo que se perdieron, por todo lo que se perderán en el futuro. Los amaba. Los extrañaba. Tensé los brazos y las piernas con más fuerza. Cerré los ojos y rogué en silencio que regresara con la Diosa.
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—Cariño, suéltala. Ya se fue, lo hiciste bien. Todo terminó.
Levanté la vista hacia los ojos verde esmeralda de Ryker.
Solo me quedé mirándolo. Era tan hermoso. ¿Cómo había terminado con él? No había razón alguna por la que debiéramos estar juntos y, aun así, no había ningún otro lugar donde prefiriera estar.
—Si sigues mirándome así, la manada va a presenciar en público la concepción de nuestro primer cachorro —gruñó en mi oído.
Solté un jadeo y por fin pude volver a respirar, y él me atrajo hacia sí.
—Te amo —enterré el rostro en su cuello y me aferré a su piel; en ese momento no podíamos estar lo suficientemente cerca. Sentía el hormigueo vibrar por todo el cuerpo, incluso a través de la ropa—. ¿Me odias? —sollocé.
Él se apartó.
—¿De qué estás hablando? Jamás podría odiarte.
—Maté a uno de los miembros de tu manada. ¿Me odias?
Me apartó el cabello sucio y empapado de sudor del rostro y se acercó tanto que nuestras narices se rozaron.

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