—¿Por qué parece que estás tratando de mudarme aquí? —pregunté mirando todos los pequeños detalles que había añadido. Plantas sobre la mesa auxiliar, una alfombra junto a la cama, incluso las cortinas no eran las blancas estándar. En la esquina, junto a la puerta del baño, estaba mi bolso de viaje y parecía lleno. Miré a las dos alternativamente—. Expliquen. —Tosí y capté la mirada en los ojos de Ryker antes de agregar—. Por favor.
—Necesitan hacerte muchos estudios, y como parece que te saltaste todas las revisiones médicas programadas en los últimos seis meses, los sanadores quieren que te quedes un par de días. —Kennedy lucía apenada, pero no arrepentida de dar la noticia.
—Con todo respeto, Luna. No, gracias. Pueden sacarme toda la sangre que necesiten para tratar de descifrar qué es esta toxina, pero no me voy a quedar aquí.
—¡Finn! Tienes que estar sano. ¿Por qué no nos dejas ayudarte? —Kennedy me suplicó. Negué con la cabeza y caminé hacia el sanador que había estado agazapado en la esquina. Iba a dejar que Kennedy me rogara todo lo que quisiera.
—Greta, quédate con él. Hazle compañía.
Gruñí y me di la vuelta.
—Estoy perfectamente, gracias, Luna. Greta, ve a casa y duerme un poco. Llevas despierta más de cuarenta y ocho horas y estuviste en la misma pelea que yo.
—Greta, ¿a ti también te alcanzó la toxina? —preguntó el sanador por encima de mi hombro.
—Que yo sepa, no. A Finn fue al que apuntaron casi todo el tiempo.
—Deberíamos revisarte también ya que estás aquí. —Otro sanador pasó a mi lado dándole indicaciones. Me pareció escucharla poner los ojos en blanco.
—¿Entonces se alarga tu pijamada? —La miré por encima del hombro mientras ella me empujaba con el codo al pasar—. Lo tomaré como un sí —dije con entusiasmo, siguiéndola.
No tenía idea de adónde iba, pero bien podía seguir a mi entretenimiento por el día o los días siguientes. Sabía que Kennedy se saldría con la suya y que sería un conejillo de indias mientras ella quisiera tenerme allí.

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