Calculé que habían pasado al menos dos horas. Afuera estaba oscuro, así que no podía saber cuánto tiempo había transcurrido, pero ya no soportaba seguir acostada. Me deslicé fuera de las cobijas y crucé la habitación descalza. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando un brazo me rodeó la cintura y me jaló contra un pecho firme.
—¿A dónde vas? —Su aliento cálido me hizo cosquillas en el borde de la oreja y un escalofrío me recorrió.
—No me estoy escabullendo, no quería despertarte. Ya descansé suficiente. Necesito ir a mi oficina, mi cabeza no ha parado en toda la noche. —Al menos mi voz sonó estable.
—Vamos entonces. —Aflojó su agarre.
—¿En serio? ¿Así de fácil me vas a dejar ir a trabajar?
—La verdad me sorprende que hayas aguantado tanto —se rio detrás de mí mientras me guiaba hacia la puerta y se estiraba para girar la manija—. En serio necesitabas un descanso, pero entiendo lo que es tener una tarea pendiente y querer terminarla. —Me llevó afuera, pero caminó hacia la puerta del otro lado del pasillo.
—¿Qué haces? —Intenté moverme de lado para dirigirme a mi oficina, pero su agarre en mi cintura se apretó.
—Necesito cambiarme, y tú no vas a ningún lado sin mí. Hay una amenaza clara contra la familia Alfa. Acostúmbrate a tener una sombra.
—No necesito que me protejas.
—Entiendes cuál es la función de un Beta, ¿verdad?

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