Elara
—Haremos otra ronda en dos horas, vayan a dormir —les grité a los cinco guerreros frente a mí. Gruñeron, y entendía su frustración, pero no me importaba.
Mi madre estaba en coma. Los sanadores tuvieron que inducírselo porque perdía la razón cada vez que abría los ojos. Gritaba y se sacudía, se jalaba el cabello, con la mirada desorbitada, sin ver nada a su alrededor, pero lo que fuera que su cerebro le mostraba había convertido a mi dulce y dócil madre en una lunática violenta y desquiciada.
Mi padre era un desastre; yo había asumido todas sus responsabilidades. No podía alejarse de ella, estaba demasiado distraído y terminaría lastimándose a sí mismo o a alguien más. Me di la vuelta para irme, con la esperanza de descansar un poco yo también. Necesitaba pasar a ver a mi papá primero.
Jax, Dev y yo nos habíamos turnado para llevarle ropa y comida cada día. La primera vez que lo hice, peleó conmigo por dejarla sola cinco minutos para ducharse en los vestidores de los sanadores. Logré que los trasladaran a una sala de maternidad donde había un baño completo y otras comodidades que necesitaba mientras la cuidaba.
Ahora cerrábamos la puerta con llave y nadie podía entrar mientras él no estuviera presente. No iba a correr ningún riesgo con su compañera. Mi loba estaba de acuerdo y no dejaba de proyectar imágenes de Ben en mi cabeza, pidiéndome en silencio que lo llamara.
Solo llevaba dos días fuera; no entendía por qué estaba teniendo esa reacción ante su ausencia esta vez. Él tenía su propia manada que atender. Su propia Luna podía estar bajo amenaza, su Alfa, quién sabe. Ninguno de los dos tenía tiempo para distracciones del vínculo de compañero.
En cuanto llegué a la casa de la manada, Melanie, una de las Omegas, me recibió en la puerta con dos bolsas en la mano y una expresión en la cara que no supe describir.

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