Me senté, di un sorbo e hice todo lo posible por no hacer una mueca. Sabía peor de lo que olía, pero en el momento en que el líquido tibio me bajó por la garganta, me sentí relajado y tranquilo. Las náuseas que habían estado revolviéndome el estómago desaparecieron. Un pequeño suspiro se me escapó y supe que las brujas lo escucharon. Brianna era mejor para disimular su satisfacción. Marietta, en cambio, estaba engreída y no pude evitar devolverle una sonrisa. Tenía la suficiente hombría como para reconocer el mérito, y ella tenía razón. Sí ayudaba.
—Bien, estamos tomando su mezcla de sopa de lodo, así que dígannos qué pasó. Los chicos y yo las vimos a ustedes tres apiñadas alrededor de algo que no podíamos ver, luego se puso de un púrpura brillante, explotó y desperté en el piso recibiendo una cachetada mientras una bruja me llamaba cachorro Beta —alcé las cejas mirándolas a todas—. Cuando contacté a Elara por enlace mental, ella creía que yo estaba descansando junto a la camioneta, cuando en realidad estaba justo detrás de ella. ¿Cómo es posible que pase algo así?
Ambas brujas inhalaron profundamente y soltaron el aire despacio antes de mirar a su alrededor. No era una mirada que gritara “sálvenme” a ninguna de las integrantes de su aquelarre. Era la mirada de alguien que busca, pero resignada a no encontrar lo que sea que buscaba.
Marietta me clavó una mirada dura. De nuevo, no hostil, sino analítica. No sabría decir qué buscaba, pero le sostuve la mirada y esperé mientras a regañadientes seguía tomando aquella mezcla.
—El término no es un insulto, sino un reconocimiento a tu juventud. Eres un cachorro comparado con nosotras. Tan joven, de hecho, que apenas acabas de asumir tu puesto y de emparejarte. Te han pasado muchas cosas en muy poco tiempo, y estás saliendo adelante. Tu cuerpo y tu mente también son lo bastante jóvenes como para verse afectados por los encantamientos que han sido colocados alrededor de esta manada.

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