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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 41

—¿Sabes por qué se levantó tan temprano y a dónde fue? —pregunté. No fui para nada discreto. “Tengo que controlar lo que siento por ella”. —No quiero a una humana caminando sin rumbo por el territorio de la manada.

—Es nuestra compañera, idiota, eso no se puede controlar —me regañó mi lobo.

—Sigue siendo humana. No sé si sea seguro para ella —insistí.

Robin arqueó una ceja. Normalmente no me importaba quién entraba o salía de la casa.

—Es una guerrera, y de las que no se quedaron despiertas hasta la madrugada. Así que me imagino que se fue a entrenar, a correr o a alguna cosa de esas que hacen los guerreros. No vi para qué lado se fue, pero sí sé que se fue a pie.

—Gracias, Robin. ¿Ya comieron los demás?

—No, pero todos anduvieron de aquí para allá hasta hace poco. Es probable que te toque estar solo un rato esta mañana. —Se rio y seguramente tenía razón.

Me terminé el café y me devoré un burrito de desayuno que me puso en las manos. Sabía que yo andaría con el estómago vacío si no me recordaba que debía comer bien.

Cuando terminé, seguí su consejo y salí por la puerta trasera, crucé el patio y pasé por el garaje para subirme a mi camioneta. Normalmente me habría transformado y habría salido corriendo, pero no quería tener que regresar por mi vehículo más tarde; además, varios de esos buitres seguirían allí cuando volviéramos para el almuerzo.

Eso había tomado tiempo, pero tenía un doble propósito. Mi manada tenía una capa extra de protección en caso de guerra o ataque, pero también garantizaba que los miembros de las manadas integradas tuvieran un lugar central al cual ir si nos atacaban.

Aun así, seguí recorriendo nuestra frontera original. No lo hacía por insultar o menospreciar a las manadas que había adquirido, aunque ese era uno de los rumores principales que a algunos como Claude les gustaba esparcir.

Si eso ayudaba a que se mantuvieran tranquilos, no iba a ponerme a discutir. Lo hacía porque el recorrido solo me tomaba como una hora y podía supervisar a todas las manadas vecinas al pasar. Los guerreros que andaban de patrulla a veces se detenían para darme novedades.

Mi manada era demasiado grande como para que yo pudiera estar al tanto de todos por mi cuenta, y no todo el mundo entendía el sistema que diseñé para mantenernos a salvo. Eso nos hacía menos predecibles para los extraños.

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