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La Luna no deseada por el Alfa romance Capítulo 42

Kennedy

En un momento, el balón salió del campo hacia donde estábamos y ella saltó para detenerlo con mucha facilidad. Aquella niña tenía un talento natural que se estaba desperdiciando por quedarse allí sentada esperando su turno.

Un chico unos años menor que yo se acercó corriendo.

—¿Quién es tu nueva amiga? —Me puse de pie mientras él me barrió con la mirada de arriba a abajo. No esperó a que le contestara—. Soy Todd, el hermano de Emily. ¿Y tú quién eres?

Dejó la pregunta en el aire mientras me dedicaba una sonrisa que seguramente le funcionaba con las niñas de su edad.

Me reí un poco entre dientes y le di la mano.

—Kennedy, una de las guerreras del Alfa Jeremiah. Mucho gusto.

—¡Órale! Qué increíble. Nosotros también estamos entrenando —dijo señalándose a sí mismo y luego hacia atrás, sin apuntar a nadie en específico.

—¿A qué hora entrenan normalmente?

—Esta tarde. Al Alfa le gusta entrenar con sus guerreros los sábados, así que nadie puede entrar al campo de entrenamiento hasta que él termine.

—¿Así que suelen venir aquí a jugar mientras esperan?

—Sí, la mayoría de las veces.

—¿Y qué tan seguido trabajan con los más chicos? Digo, si pasan tanto tiempo allí, me imagino que también les enseñan mucho.

Le estaba poniendo una trampa. Suponía que no hacían nada de eso y que normalmente ignoraban a aquellos niños que parecían admirarlos.

—Eh, no, la verdad no. Están muy chiquitos para aprender o para ser buenos en esto, así que... —Se limitó a encogerse de hombros, como si esa explicación lo dijera todo.

Arqueé una ceja al mirarlo.

—O sea, ¿me estás diciendo que a los... cuántos años tienes? —Miré a Emily.

—Siete.

—¿Que a los siete años eras demasiado chico para jugar y tú y tus amigos se quedaban sentados esperando a que les dijeran que ya eran lo bastante buenos para unirse? ¿O te tomaste el tiempo de practicar, mejorar y trabajar con niños más grandes y mejores que tú para poder superarte?

—Este...

—Lo que me imaginaba. De guerrera a guerrero: la siguiente generación no podrá mejorar si ustedes no les enseñan. No todo se aprende nada más con mirar. No tienen que incluirlos todo el tiempo, pero piénsalo cuando tengas a toda una manada de niños aquí sentados. —Señalé a los que estaban en las laterales—. O, si tienen un partido muy intenso donde en serio podrían lastimarse, denles algo que hacer mientras están aquí pasando el rato; algo que de hecho los ayude a mejorar, no solo para mantenerlos ocupados. Si quieres ser un verdadero guerrero, tienes que aprender a transmitir tu entrenamiento. Compórtate como un líder, incluso si no quieres ser uno.

Tal como había pensado, Emily tenía un talento natural; era una fiera y aprovechó que aquellos chicos “solo estaban jugando” durante los primeros minutos de nuestro partido. Una vez que anotó un gol y le informó al portero que era un debilucho y lo que tenía que hacer para no ser tan malo, la cosa se puso seria.

La mayoría de los adolescentes tenían a un niño pequeño con ellos y trabajaban en parejas para mover el balón. Y cumpliendo su palabra, Emily me tuvo paciencia, pero como yo era una buena estratega, lo que más hacía era pasarle el balón a ella.

Incluso me puso el pase para que yo anotara un gol; estaba convencida de que el portero me había seguido el juego para alimentarme el ego y había dejado que el balón entrara.

Miré mi reloj.

—Me tengo que ir, pero esto fue muy divertido. La próxima vez que esté en el pueblo, sin duda me uniré otra vez. Ahora, necesito que alguien me diga cuál es el camino más rápido al campo de entrenamiento para no llegar tarde.

—Nosotros te enseñamos, si quieres —se ofreció Todd con entusiasmo, y luego se aclaró la garganta—. Digo, de todos modos tenemos que hacer nuestra carrera de la mañana. Podríamos aprovechar y enseñarte el camino al mismo tiempo. —Se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa.

No se me escapaba el hecho de que habían estado corriendo toda la mañana mientras jugaban fútbol.

—¡Claro, me encantaría! De todos modos, correr en manada es más divertido.

Todos me sonrieron. Supuse que entonces nos iríamos todos juntos.

Dejaron sus cosas amontonadas junto al campo; me imaginé que nadie se iba a meter con ellas y salimos corriendo. Incluso Emily y los más chicos se unieron. Con el atajo que me enseñaron los niños, el trote solo duró como cinco minutos, pero llegamos como si fuéramos famosos: riendo y hablando sin parar.

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