—Nada perdemos con intentar —la animó Silvia.
—Tienes razón —asintió Josefina.
—Ah, y otra cosa —continuó su amiga—. ¿Te acuerdas de esos aretes de zafiro que eran de tu abuela y que se perdieron hace años? Me dijiste que siempre quiso recuperarlos. Me puse a revisar los catálogos de subastas y acabo de ver unos igualitos. Te voy a mandar la foto para que me digas si son esos.
Al oír eso, a Josefina se le iluminaron los ojos.
—¡Sí, por favor, pásamela!
Apenas vio la imagen en la pantalla, no tuvo la menor duda: ¡eran esos!
Desde que los León adoptaron a Magdalena, Josefina se la pasaba en casa de su abuela. Ella la abrazaba, le contaba cuentos y le enseñaba sus antigüedades. Cada vez que le mostraba la foto de aquellos aretes, la señora suspiraba con tristeza.
Habían sido el regalo de compromiso que le dio su abuelo.
Pero con los años se extraviaron, y aunque los buscó por todas partes, nunca dio con ellos, llevándose esa espinita clavada en el corazón.
—¡Son estos! —le confirmó Josefina—. ¿En dónde es la subasta y cuándo?
—Te mando los detalles por mensaje —respondió Silvia.
—Va.
Josefina checó la información: la subasta sería en tres días. Qué casualidad, justo acababa de caerle el dinero del anillo. Sumando lo que le sacó a Andrés y a Benjamín, tenía de sobra para ganarlos.
Al terminar su turno, fue a su casa, se arregló rápido y salió para reunirse con Emiliano.
Ya en la mesa del restaurante, el abogado la miró sorprendido.
—¿No habíamos quedado en que ibas a pausar el divorcio? —le preguntó.
—Pasaron unas cosas —le explicó Josefina—. Me di cuenta de que meter la demanda de una vez es la mejor opción. ¿Ahorita tienes tiempo para ver eso? Si andas muy ocupado, buscaré otra manera.
Emiliano sonrió amablemente y dijo:
—Claro que tengo tiempo. Yo presento los papeles, solo espera mi llamada.
Josefina le devolvió la sonrisa.
—Muchas gracias, Emiliano.
—Ni lo menciones, para eso estamos los amigos —respondió él—. Además, no quiero verte atrapada en un matrimonio que te está chupando la vida.
—¡Ay, no manches! Qué forma tan tétrica de decirlo —replicó ella, un poco apenada.
—El amor es como cuidar una planta y, la verdad, tú te estás marchitando. —Emiliano la miraba fijamente.

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