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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 124

Magdalena se desconcertó un poco. Paseó la mirada por las mesas y no tardó en toparse con Josefina, quien cenaba muy a gusto con otro hombre junto a la ventana.

Levantó una ceja, adivinando el juego, y siguió a Benjamín sin chistar.

Obviamente, Josefina ya los había notado, pero aplicó la de ignorarlos olímpicamente.

Clavó la vista en su plato y siguió comiendo en silencio.

Pero Benjamín tenía otros planes. Se fue a sentar a la mesa de al lado y, para colmo, saludó a su acompañante:

—Emiliano.

El abogado volteó, bastante sorprendido.

—¡Hombre! ¿Qué andas haciendo por aquí? ¿Y este campeón quién es? —preguntó al ver al niño.

—Es hijo de mi hermano mayor —contestó Benjamín con frialdad.

—Buenas noches, señor.

Alberto saludó a Emiliano con mucha educación.

Luego, el niño miró a Josefina con cierta timidez, pero se animó a hablarle:

—Buenas noches, señora.

Emiliano soltó una carcajada de pronto.

Benjamín frunció el ceño y corrigió al pequeño:

—No le digas señora. Si me dices tío a mí, a ella tienes que decirle tía.

Alberto no entendía bien por qué, pero asintió muy obediente.

—Buenas noches, tía.

—¿Ya no me tienes miedo? —le soltó Josefina con sequedad.

Por puro instinto, Alberto se encogió en los brazos de Benjamín.

Benjamín le clavó la mirada y le recriminó:

—Deja de estar asustando al niño.

—Ay, por favor. —Josefina soltó una risa burlona.

Luego, volteó hacia los tres que ocupaban la otra mesa y se dirigió a Emiliano:

—Dime si no parecen una familia feliz.

Emiliano los barrió con la mirada y asintió.

—La neta, sí.

Benjamín le lanzó una mirada fulminante.

—No, fíjate. ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a matar?

La tensión entre los dos estaba a punto de cortar el aire.

Al ver cómo se ponían las cosas, Emiliano metió paz:

—Tranquilos, tranquilos... a ver, el homicidio es un delito grave. Bájenle dos rayitas. Llevan ocho años de conocerse, ¿no pueden llevarse la fiesta en paz?

Benjamín ignoró al abogado olímpicamente. Seguía clavándole a Josefina una mirada con la que parecía querer tragársela viva.

A ella ya se le había cerrado el estómago. Soltó el tenedor, miró a Emiliano y le dijo:

—Yo ya me voy. Me marcas cuando tengas novedades.

Emiliano asintió.

—Cuentas con eso.

Josefina se paró de golpe y caminó hacia la salida a zancadas, huyendo como de la peste.

Emiliano volteó hacia Benjamín, listo para darle un sermón, pero lo vio ponerse de pie y arrancar detrás de ella.

Levantó una ceja, agarró sus cubiertos y siguió cenando sin inmutarse.

Fue entonces cuando Magdalena lanzó el anzuelo:

—Acabas de regresar del extranjero, ¿qué tantos negocios puedes tener con Jose? Tengo entendido que tú manejas un bufete de abogados de primera... ¿A poco le estás ayudando con su demanda de divorcio?

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