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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 173

A Silvia se le encogió el corazón y casi suelta a llorar. Apretó las manos de su amiga con fuerza. —Jose, pase lo que pase, no puedes rendirte. Todo eso te pertenece a ti. Esa Magdalena nada más apareció de la nada para robarte tu lugar; nunca debió haberse metido en tu familia.

Josefina cerró los ojos, intentando ahogar la marea de emociones amargas. Finalmente, esbozó una sonrisa fingida y asintió:

—Tienes razón. Todo está bien. No voy a dejar que me afecte.

Silvia se acercó y le dio un abrazo.

—Tranquila. Pase lo que pase, yo siempre estaré de tu lado.

Josefina apoyó la barbilla en su hombro. Al sentir el calor del abrazo de su mejor amiga, logró sonreír de verdad.

—Qué bueno que te tengo a ti.

Ambas se quedaron en aquel rincón durante un buen rato, hasta que Josefina terminó de asimilar su frustración. Después, regresaron al salón de eventos.

Manuel ya había concluido su discurso, en el que aprovechó para presentar los nuevos proyectos del Grupo Fuentes. Como era de esperarse, toda la crema y nata de la sociedad no tardó en acercarse a saludarlo.

Manuel intercambió un par de palabras de cortesía y luego se escabulló rumbo a la planta alta.

En el fondo, el Grupo Fuentes buscaba pactar únicamente con los tiburones de la industria; todas las empresas de medio pelo que habían invitado solo estaban allí para hacer bulto.

Con su aguda vista, Josefina alcanzó a notar cómo Benjamín subía las escaleras acompañado de Magdalena.

Apretó su copa con impotencia.

Jimena se le acercó y le dijo:

—Jose, ya lo viste por ti misma. El Grupo Fuentes se va a asociar con nosotros a través de la agencia de Magda. Si vas allá arriba ahora mismo, vas a arruinar por completo nuestra imagen ante la familia Fuentes. Terminaríamos perdiendo demasiado dinero. Así que, por favor, en este momento te pido que no vayas a entrometerte. ¿De acuerdo?

Josefina la miró a los ojos, con una extraña y escalofriante calma. —¿Por qué piensas que voy a entrometerme? Yo solo quiero aportar mi granito de arena por la familia.

Aquello era un claro aviso de que tenía todas las intenciones de seguirlos.

Jimena la tomó del brazo.

—Jose...

Sin embargo, Josefina esquivó su toque y continuó caminando a paso firme hacia las escaleras.

Josefina pegó un respingo; ni siquiera se había dado cuenta de que había alguien más ahí.

Al darse la vuelta, descubrió a un hombre sentado en la penumbra. Usaba lentes sin armazón y lucía un rostro bastante atractivo, aunque en ese momento se veía extremadamente pálido.

—¿De casualidad podrías echarme la mano para llamar a mi asistente? Anda allá abajo. Me está dando un ataque y él trae mis pastillas —pidió el hombre. Tenía la mano en el pecho, con un rastro de súplica en la cara.

Josefina reaccionó de inmediato; se le acercó apurada y le preguntó:

—¿Cómo se llama tu asistente?

—Bruno... te lo agradezco mucho.

Josefina no perdió el tiempo. Salió volando hacia el primer piso y buscó rápidamente entre la multitud. Le preguntó al gerente en turno por un tal Bruno, y cuando lo ubicó, le soltó toda la emergencia atropelladamente.

Bruno subió las escaleras a zancadas, con Josefina detrás de él. En cuanto llegaron, atestiguó cómo el asistente sacaba el medicamento para dárselo a su jefe.

El hombre cerró los ojos un instante hasta reponerse. Acto seguido, la miró y, regalándole una sonrisa cálida, le preguntó:

—Muchísimas gracias. Soy Manuel, ¿cuál es tu nombre?

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