Aquellas palabras le tocaron el corazón, seguidas de un nudo en la garganta. A Josefina le pareció casi una broma irónica.
Un hombre que apenas conocía creía ciegamente en ella, mientras que sus propios padres dudaban de su inocencia.
A los ojos de su familia, ella solo era una delincuente ingobernable, una mala hija que hacía lo que se le daba la gana.
Con la voz un poco rasposa, le dijo:
—Señor Fuentes, muchas gracias.
La chica seguía sentada en la cama de la celda, abrazando sus rodillas. Su figura delgada la hacía ver sumamente frágil y vulnerable.
Manuel dio un paso al frente por instinto.
—Señorita León, ¿quieres salir de ahí?
Josefina parpadeó y luego negó con la cabeza.
—No, aquí estoy bien.
Era un lugar muy tranquilo, nadie iría a molestarla.
Un brillo peculiar cruzó por los ojos de Manuel. Suspiró con cierta resignación.
—Está bien. Parece que tendré que seguir en deuda contigo un tiempo más. Si necesitas algo, no dudes en buscarme.
Josefina lo miró con total sinceridad.
—Señor Fuentes, de verdad no tiene que preocuparse tanto por eso.
—Claro que sí —respondió él, adoptando un tono más serio—. Me salvaste la vida. Eso no es poca cosa, y siempre te estaré agradecido.
Josefina sonrió a medias, dándose cuenta de que no podría hacerle cambiar de opinión.
—Me retiro por ahora —dijo Manuel—. Cuando salgas, vendré por ti.
Josefina se quedó sin saber qué decir, pero terminó sonriendo.
—Gracias.
Manuel se dio la media vuelta y se marchó.
La celda volvió a quedar en absoluto silencio.
Josefina cerró los ojos y apoyó la cara sobre sus rodillas.
Sentía que el dolor de su pecho se había aliviado un poco.
***
—Tienes razón, fuiste muy considerado. Pero ya extraño un poco a Alberto... Tráelo más tarde para que me haga compañía.
Benjamín la miró fijamente; sus ojos oscuros reflejaban una frialdad penetrante.
—Si Alberto te ve así, se va a soltar a llorar del susto. Mejor que no venga.
—Benjamín... ¿qué quieres decir con eso? —La sonrisa de Magdalena estuvo a punto de desaparecer.
Benjamín se recargó en el respaldo de la silla y dijo con tono indiferente:
—No hay cámaras en las escaleras. Lo que pasó ahí, solo ustedes dos lo saben.
Magdalena bajó la mirada, fingiendo vulnerabilidad.
—Yo solo quería rogarle a Josefina que me cediera la oportunidad de colaborar con Grupo Fuentes. ¡Nunca imaginé que me atacaría de la nada!
—Sin embargo, las cámaras de afuera captaron muy claro que fuiste tú quien la jaló hacia las escaleras —la interrumpió Benjamín con frialdad—. ¿Por qué a fuerza tenían que hablar ahí? Ya revisé los videos; a esa hora no había nadie cerca. Perfectamente pudiste decirle eso en el pasillo.
Magdalena lo miró con ojos llenos de dolor y tristeza.
—Benjamín... ¿estás dudando de mí? ¿Crees que me aventé por las escaleras a propósito solo para perjudicarla? ¿De verdad me crees capaz de algo así?
Y sin más, se soltó a llorar.

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