Grupo Fuentes.
Manuel estaba sentado en su costosa silla de piel, firmando unos documentos.
En ese momento, llamaron a la puerta de la oficina.
Él levantó la vista.
—Adelante —dijo.
Bruno entró con una expresión bastante seria.
—Señor Fuentes, no logré comunicarme con la señorita León. Me puse a investigar y descubrí que la llevaron a la delegación.
Al escuchar esto, Manuel entrecerró ligeramente sus ojos color avellana detrás de sus lentes al aire. Un rastro de confusión apareció en su atractivo rostro.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Bruno frunció el ceño.
—Empujó por las escaleras a Magdalena, la hija adoptiva de sus padres —respondió.
Hizo una pausa y añadió con tono grave:
—Señor Fuentes, con una actitud tan inestable, ¿de verdad nos conviene hacer negocios con ella?
Manuel se quedó pensativo por un momento.
—Aunque solo la he visto una vez, no me parece que sea ese tipo de persona —dijo—. ¿En qué delegación está?
Bruno se quedó sorprendido.
—Señor Fuentes, ¿planea ir a verla?
—Sí —afirmó Manuel—. Seguro se trata de un malentendido. Si es posible, quiero sacarla de ahí. Considerémoslo una forma de pagarle por haberme salvado la vida.
Bruno lo miró con cierta duda, pero asintió y fue a investigar los detalles.
Cayó la noche.
Llevaron a Josefina a una celda individual. Los barrotes de metal la mantenían atrapada, encerrada sin posibilidad de salir.
Estaba sentada en la dura plancha de la cama, con el rostro pálido y la mirada perdida.
En ese momento, un oficial de policía se acercó.
—Tienes visita —le dijo.
Josefina parpadeó lentamente y luego cerró los ojos.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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