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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 231

Él siempre planeaba antes de actuar, rara vez tenía momentos de tanta impulsividad.

Manuel se despidió de Josefina con un leve asentimiento y enseguida se levantó para irse.

Silvia se quedó sentada; no quería irse, pero le aterraba Benjamín, así que estaba sumamente indecisa.

Josefina dejó escapar un suspiro lento y pesado.

—Silvia, es mejor que te vayas también —le dijo.

—Pero... —Silvia miró a Benjamín. La preocupación era evidente en sus ojos.

Josefina le sonrió para tranquilizarla.

—No te preocupes, no es como si fuera a matarme.

La expresión de Benjamín se tensó y le lanzó una mirada gélida.

Silvia apretó los dientes. Quería ofrecerse a quedarse.

Sin embargo, Josefina ya la había tomado de la mano para acompañarla hasta la puerta.

—Ve a casa a descansar. No pienses de más, estaré bien.

Incluso después de que la empujara suavemente hacia afuera, el rostro de Silvia seguía reflejando angustia.

Para ella, Benjamín era un monstruo implacable.

No.

Era peor que el peor de los monstruos.

Tenía un carácter demasiado impredecible. Josefina lo había evitado varias veces e incluso se había mudado ahí a sus espaldas; seguro estaba furioso. ¿Acaso se atrevería a pegarle a Jose?

Silvia dudó en la entrada durante un buen rato, incapaz de irse.

Se quedó pegada a la puerta, atenta a cualquier ruido. ¡Si escuchaba algo raro, llamaría a la policía de inmediato!

Se hizo un profundo silencio en la habitación.

Josefina lo miró con expresión severa y un tono glacial.

—¿Ahora estás contento?

—¿Por qué te mudaste?

Benjamín no se movió de la silla; de hecho, tomó el tenedor de ella y siguió comiendo la carne.

Actuaba como si estuvieran platicando de lo más normal.

—¿Qué es exactamente lo que buscas?

Benjamín caminó hasta el sofá, tomó asiento y comentó:

—Vengo de visita a tu casa, ¿no vas a ofrecerme ni un vaso con agua?

Se había fijado en el vaso con agua que ella le había servido a Manuel sobre la mesa.

A cualquier otra persona que viniera, la trataba con cortesía. Pero a él solo le dedicaba desprecio.

Eso no era para nada justo.

Él era su esposo, se habían amado durante años. ¿Cómo podía tratarlo de esa manera?

Un sentimiento de coraje y resentimiento le revolvía el estómago.

Josefina ni se inmutó; se limitó a observarlo con frialdad.

—Si tanto te gusta este lugar, entonces quédate. Yo estoy muy cansada, iré a buscar dónde descansar.

—Sácame de tu lista de bloqueados —exigió él con voz profunda.

Al principio, cuando intentó entrar al edificio, los guardias de seguridad se lo impidieron. Fue entonces cuando descubrió que ella lo había bloqueado de todas partes.

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