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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 233

Su tono delataba cierta decepción, pero no apartó la mano del vientre de la joven de inmediato.

Un calor reconfortante emanó de su palma, aliviando en gran medida los molestos cólicos.

Josefina lo empujó levemente.

—¿Ya te vas a ir?

Benjamín la miró sin entender.

—¿Y por qué me iría?

Josefina le lanzó una mirada llena de sarcasmo.

—No estoy en condiciones de satisfacer tus ganas. ¿Qué chiste tiene que te quedes?

Al escucharla, el rostro del hombre se ensombreció.

—¿De verdad crees que solo pienso en eso todo el tiempo? —preguntó con voz grave.

Josefina no respondió con palabras, pero su expresión lo decía todo.

Exactamente, era ese tipo de hombre.

Benjamín soltó una carcajada amarga, producto de la pura frustración.

Acto seguido, la levantó en brazos y caminó hacia la cama.

Al darse cuenta de lo que hacía, Josefina abrió los ojos como platos.

—¡¿Estás loco?! ¡Te acabo de decir que estoy en mis días!

Benjamín la recostó sobre el colchón y le soltó con frialdad:

—Si tanto dices que solo me interesa eso, ¿por qué habría de importarme si estás en tus días o no?

Josefina se quedó muda del asombro.

Antes de que pudiera reaccionar, él se inclinó sobre ella, besándola de forma posesiva, arrebatándole el aliento y adueñándose de sus labios.

Josefina por fin reaccionó y comenzó a forcejear con todas sus fuerzas.

En un acto desesperado, incluso le dio una cachetada.

Pero él solo se detuvo un instante y luego retomó los besos.

La besó por un largo rato, hasta dejarle los labios enrojecidos e hinchados.

Josefina jadeaba con la respiración entrecortada.

—¡Benjamín, no me obligues a odiarte!

—¿Acaso no me odias ya? —Benjamín se separó de sus labios, contemplando el efecto de su atrevimiento con una mirada que denotaba intensidad.

Josefina se incorporó, despeinándose un poco el cabello, y preguntó:

—¿Ya te puedes ir?

—¿A qué hora te viniste para acá?

Preguntó Benjamín con un tono sombrío.

—Cuando te quedaste dormido —contestó Josefina.

Él dio un paso al frente y la tomó de la barbilla, forzándola a mirarlo a los ojos.

—¿Tanto te disgusta dormir a mi lado?

—¡Sí!

Lo miró fijamente, sin el menor rastro de duda.

A Benjamín se le saltó una vena en la frente y sus ojos oscuros se nublaron. Tras un pesado silencio, soltó:

—Antes, cuando tenías cólicos, necesitabas que te masajeara para poder dormir.

Las pestañas de Josefina temblaron antes de que pudiera replicar:

—Pues eso se acabó. De todas formas, no es como si me fuera a morir de dolor.

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