La expresión de Benjamín se volvió aún más lúgubre.
Aunque la luz del sol se filtraba por la ventana, no se percibía ni una pizca de calidez en el ambiente.
Ella estaba a la defensiva, repeliendo cualquier intento de acercamiento.
Benjamín le acarició la mejilla y, después de una pausa, le preguntó:
—¿Qué se te antoja desayunar?
Josefina apartó su mano de un manotazo.
—Si te digo qué se me antoja, ¿vas a ir a prepararlo?
—Ajá.
Asintió Benjamín.
—Quiero comer en la Casa de Caldos San Martín, al sur de la ciudad —soltó Josefina entonces.
El departamento de ella estaba en la zona norte; ambos lugares se ubicaban en extremos opuestos de la ciudad.
Benjamín asintió.
—De acuerdo. Regreso pronto.
Se puso el saco y salió sin más preámbulos.
La tensión en el cuerpo de Josefina disminuyó un poco; se abrazó las rodillas, con un semblante bastante pálido y demacrado.
En cosas insignificantes, él siempre la complacía.
Pero cuando se trataba de lo verdaderamente importante, la ignoraba por completo.
¿Qué sentido tenía vivir así?
Fue a arreglarse un poco y poco después abandonó el departamento.
Comió algo rápido en la calle. Por culpa de su periodo, se sentía agotada; las punzadas constantes en el bajo vientre la mantenían de muy mal humor.
Cuando llegó al trabajo, se topó con la sorpresa de que Benjamín también estaba ahí.
Traía en la mano las bolsas con la comida del lugar que le había pedido. Se las entregó, diciendo:
—Sabía que no me ibas a esperar, así que te lo traje directo a la oficina. También pedí un té de manzanilla; bébelo para que te sientas mejor.
Josefina no aceptó las bolsas; se limitó a clavarle una mirada frígida.
Benjamín dejó el desayuno sobre el escritorio de ella y se marchó sin decir más.
Josefina volteó a ver a sus compañeros y preguntó:
—¿Alguien no ha desayunado?
Todos la voltearon a ver, pero nadie abrió la boca.
A Josefina no le importó y tiró el desayuno entero a la basura sin remordimientos.
En cuanto llegó Rodrigo, convocó a todo el equipo a una junta.
Después de una mañana ajetreada, recibió una llamada del juzgado por la tarde: solicitaban reunirse con ellos para una sesión de mediación.
Por fin había llegado el momento.
Josefina dio un hondo respiro.
El elevador no tardó en llegar al piso de presidencia.
En la sala de juntas, ya los aguardaban los representantes del juzgado.
Benjamín estaba recostado en el sofá con postura relajada, escudriñando a los dos mediadores con una mirada sombría y burlona.
En cuanto Josefina cruzó la puerta, los ojos de él se posaron de inmediato sobre ella.
—Jose, vaya que me tomaste por sorpresa.
Josefina tomó asiento y se dirigió a los mediadores sin dar rodeos:
—Sinceramente, no creo que haya nada que mediar. Lo nuestro ya no tiene salvación.
Pero Benjamín refutó con rapidez:
—Mi esposa y yo siempre hemos tenido una excelente relación. Por mi parte, no tengo inconveniente en que investiguen nuestra vida privada.
Los dos mediadores ya sentían el sudor frío bajándoles por la espalda desde que habían entrado a esa sala.
No obstante, debían apegarse al protocolo.
Como Josefina mantenía firme su decisión de divorciarse, el caso tendría que pasar a juicio.
La fecha de la audiencia no se haría esperar mucho.
Josefina no mostró ni un ápice de vacilación en todo momento.
Cuando los mediadores abandonaron la sala, la expresión de Benjamín se volvió sombría.
—Jose, ¿qué afán tienes de llevar las cosas hasta este punto? Bien sabes que llevas las de perder.

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