A Josefina se le cortó un poco la respiración. Levantó la mirada, mostrándose increíblemente serena, y contestó:
—¿Cómo voy a estar segura si no hago el intento?
Su determinación por conseguir el divorcio era inamovible.
La mirada de Benjamín se oscureció todavía más; un aura hostil comenzó a envolverlo, provocando una sensación de opresión asfixiante.
Se puso de pie y empezó a caminar en dirección a ella.
Con cada paso que daba, el aire se volvía aún más denso.
—Jose, lo que estás haciendo no me tiene nada contento —pronunció en un tono inquietantemente calmado.
Josefina apretó los puños, pero conservó la compostura.
—¿Y entonces qué piensas hacer? —le retó.
Benjamín esbozó una leve sonrisa.
—Te vas a enterar muy pronto.
Tras pronunciar esas palabras, pasó de largo a su lado y salió de la sala de juntas.
Un repentino presentimiento de angustia le oprimió el pecho.
Pero ya había llegado demasiado lejos; si tiraba la toalla por una simple amenaza, todo su esfuerzo se habría ido a la basura.
Josefina apretó la mandíbula, obligándose a enterrar esa corazonada.
Volvió a su departamento para retomar sus labores.
Rodrigo, notando su palidez, frunció el ceño.
—¿Te sientes bien? Andas muy desconcentrada el día de hoy.
—A lo mejor es porque no he dormido bien —explicó ella.
Rodrigo se notó molesto.
—Te he dicho hasta el cansancio que no mezcles tus problemas personales con el trabajo. ¡Si sigues así, le daré tu lugar a alguien más!
Josefina exhaló un poco de aire.
—Te prometo que haré todo lo posible por mejorar.
Rodrigo solo agitó la mano para restarle importancia.
—Anda, ya vete, tómate la tarde libre por hoy.
Josefina se quedó pasmada.
Rodrigo no esperó respuesta y se dio media vuelta.
Qué ironía, era el típico jefe con fama de estricto, pero que en el fondo tenía buen corazón.
—¡¿En dónde están?!
—En el Club Monte Claro.
La noche ya había caído por completo. Al bajarse del taxi, Josefina solo sintió un frío cortante.
Ingresó a paso veloz y empujó de un golpe la puerta del área privada, topándose con un lugar lleno de gente.
Allí estaba Emiliano, acorralado por varios guardaespaldas, y uno de ellos le forzaba a pasarse un trago tras otro.
—¡Déjenlo en paz!
Josefina corrió hasta donde estaban y aventó de un empujón al guardaespaldas.
Ante su abrupta intervención, el personal de seguridad retrocedió, todos mirando expectantes hacia el hombre que aguardaba sentado en medio de los sillones.
—Cof, cof, cof...
Al sentirse liberado, Emiliano se dejó caer al borde del sillón y comenzó a toser descontroladamente. Estaba a punto de vomitar.
Tenía toda la cara y la ropa empapadas de alcohol.
Josefina se sintió sumamente culpable. Tomó unas servilletas para limpiarle la cara, y le preguntó con voz temblorosa por la angustia:

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