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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 236

—Cof, cof... Yo... estoy bien...

Emiliano logró pronunciar esas palabras con dificultad. Luego, la miró y esbozó una débil sonrisa.

Sin embargo, tenía la cara empapada en alcohol y los ojos inyectados en sangre. Se veía en un estado verdaderamente lamentable.

¿En qué mundo eso era estar bien?

Josefina estaba furiosa. Levantó la vista de golpe hacia Benjamín y le reclamó:

—¡¿Estás loco?! ¡¿Cómo puedes hacerle algo así?!

Benjamín estaba sentado en el sofá con las largas piernas cruzadas, sosteniendo una elegante copa en la mano. Desde que ella había entrado, su mirada no se había apartado de su figura. Al escuchar sus reclamos, notó la furia en sus ojos.

Esbozó una media sonrisa.

—Él fue quien decidió beber, yo no lo obligué —respondió.

—¡Eres un descarado!

¡¿Cómo se atrevía a decir que no lo había obligado?!

Hacía un momento, dos de sus guardaespaldas lo habían forzado a tragar todo ese alcohol. ¡Casi lo matan!

Josefina ayudó a Emiliano a sentarse en el sofá y le pasó unos pañuelos de papel antes de volver a mirar a Benjamín.

—Si tienes algún problema, desquítate conmigo, pero no metas a gente inocente en esto.

—Desquitarme contigo... ¿cómo crees? Me dolería demasiado —dijo Benjamín, dejando la copa a un lado con voz neutra—. Además, él no es ningún inocente.

Josefina recordó de pronto lo que él le había dicho en la sala de espera de presidencia, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

—Josefina, estoy bien, no te asustes... —El ritmo de la respiración de Emiliano se había estabilizado un poco; le tiró suavemente de la manga.

¿Cómo no iba a preocuparse por él?

—Mejor vamos al hospital a que te revisen. Yo te acompaño —dijo ella.

Emiliano negó con la cabeza y explicó:

—Hace poco cerré un trato con Grupo Gutiérrez, pero uno de mis empleados hizo algo indebido a sus espaldas. Vine específicamente a pedirle disculpas por eso.

—¿Lo escuchas? No lo obligué a nada —murmuró Benjamín, clavándole una mirada sombría—. Jose, ven aquí.

Josefina lo ignoró olímpicamente y siguió enfocada en Emiliano.

—¿Y ya terminaste de beber?

La mirada de Emiliano se desvió hacia la mesa.

Benjamín guardó silencio. Su expresión se volvió aún más lúgubre, como si una nube negra se hubiera instalado sobre su entrecejo, y el ambiente a su alrededor se volvió helado.

Emiliano, intuyendo lo que ella planeaba hacer, se apresuró a intervenir:

—Josefina, no hagas tonterías.

Josefina se giró hacia él y le sonrió.

—Perdóname —le dijo.

Se estaba disculpando con total sinceridad.

Lo había metido en un gran problema.

Acto seguido, agarró una de las botellas de tequila y empezó a beber directo del pico.

Benjamín se levantó de un salto, le arrebató la botella de las manos y la estrelló con fuerza contra el suelo. El cristal se hizo añicos y el alcohol salpicó por todas partes.

—¡¿Estás loca?! ¡¿No ves que estás mal de salud y todavía te pones a tomar?! —gritó Benjamín, agarrándola de la muñeca y jalándola hacia él.

Las pestañas de Josefina temblaron violentamente.

—¿Con esto ya perdonas la falta de su empleado? —preguntó ella.

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