A Benjamín se le marcaban las venas de la frente por el coraje. Apretó el agarre en la muñeca de la chica y, al ver la sonrisa burlona en su rostro, asintió lentamente.
—¿Hasta este punto llegas por él? —preguntó.
Ella nunca escuchaba sus consejos e insistía en involucrarse con Manuel.
Y ahora, por defender a Emiliano, ni siquiera le importaba su propia salud.
Con el único que se mostraba fría y distante era con él.
¡Y pensar que alguna vez le había jurado amor!
¡Qué ironía!
¡Era una completa ridiculez!
Benjamín fulminó a Emiliano con una mirada que cortaba como cuchillo.
—Supongo que no dejarás que una mujer pague los platos rotos por ti, ¿verdad?
La respiración de Josefina se agitó.
—¡Benjamín, ya basta! ¡Si se toma todo eso le va a dar un coma etílico! —exclamó ella.
Benjamín la ignoró por completo y mantuvo la vista fija en Emiliano.
Todos los presentes sabían perfectamente por qué la situación había escalado hasta ese punto.
Emiliano ya se había recuperado un poco. Como había tomado bastante, tenía la cara enrojecida y la mirada un poco nublada, pero seguía consciente.
—Claro que no —respondió.
Dicho eso, tomó otra botella de tequila y volvió a beber.
—¡No, no lo hagas!
Al ver esto, Josefina intentó abalanzarse para detenerlo.
Sin embargo, Benjamín le rodeó la cintura con su brazo, apresándola como si fuera una cadena de hierro. Por más que forcejeaba, no lograba zafarse ni acercarse a Emiliano.
Las lágrimas de Josefina comenzaron a rodar por sus mejillas mientras veía, impotente, cómo Emiliano se terminaba por completo la botella de alta graduación.
Todo era su culpa.
¡Ella lo había metido en este infierno!
Su determinación empezó a desmoronarse.
Ya no importaba.
Retiraría la demanda.
Si no quedaba de otra, se resignaría a vivir así.


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