—Llego rapidísimo a la casa.
Josefina se despidió a toda prisa, colgó y manejó directamente hacia la Residencial Valle Niebla.
En todo el trayecto, su mente no dejaba de darle vueltas a las cosas.
Pero al llegar a la entrada de la casa, se obligó a calmarse, intentando no dar ninguna señal de que algo andaba mal frente a su abuela.
Al fin y al cabo, su abuela ya era mayor y no tenía la mejor salud; si llegaba a enterarse de todo el caos que había estado ocurriendo últimamente, ¡la impresión podría hacerle mucho daño!
Al entrar a la sala, vio a la anciana de cabello blanco sentada en el sillón, con Benjamín a un lado, platicando de algo.
—¡Abuelita!
Josefina corrió hacia ella y se arrojó a sus brazos.
La señora la abrazó con cariño, le acarició el cabello y dijo riendo: —¡Ay, mi niña! Ya estás bien grandecita, ¿cómo sigues portándote como chiquilla? Mira nada más, no te da pena que tu marido se ría de ti.
Josefina creía que podía mantener la compostura y disimularlo todo a la perfección.
Pero en el instante en que abrazó a su abuela y escuchó sus dulces regaños, estuvo a punto de soltarse a llorar. Sintió un nudo enorme en la garganta, así que cerró los ojos con fuerza y escondió el rostro en el pecho de la señora.
De esta manera, su voz se escucharía apagada y su abuela no notaría que estaba a punto de quebrarse.
—Es que te extrañé muchísimo.
Su abuela se echó a reír. —Si me extrañas tanto, ¿por qué no vas a verme, eh? Qué ingrata eres.
Josefina se aferró a la ropa de su abuela, intentando con todas sus fuerzas controlar la emoción en su voz. —¿Y cómo se te ocurrió venir así de repente, abuelita? Me hubieras avisado antes para ir a recogerte.
Ya tenía más de setenta años, a Josefina le partía el corazón verla viajando así nomás.
La anciana sonrió y respondió: —Pues desde que me platicaste lo de los aretes de zafiro, ya no me hallaba en la casa y me quise venir para acá. Dime, mi niña, ¿ya tienes alguna pista?
Josefina le lanzó a Benjamín una mirada bastante complicada, con una innegable frialdad que, sin embargo, supo ocultar enseguida.
Los tres salieron de la Residencial Valle Niebla y se dirigieron al restaurante.
Benjamín había pedido un salón privado. Tras dejar que la abuela pasara primero, Josefina jaló bruscamente a Benjamín del brazo y le dijo a la señora: —Ahorita venimos, vamos a ver si pedimos algo más para picar.
Benjamín le echó una mirada a la mano que lo sujetaba y, enseguida, le dio la vuelta y entrelazó sus dedos con los de ella, adoptando una postura muy íntima.
—Claro.
—Abuelita, no nos tardamos nada —gritó Josefina hacia adentro del salón.
—Ándenle pues.
Ambos bajaron y se dirigieron directamente a un rincón apartado donde no había nadie.

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