—Mi abuela confiaba en usted, así que yo también lo hago. Por favor, siga trabajando para mí —dijo Josefina, soltando un largo suspiro.
Le dolía un poco la mano de tanto firmar. Todavía no terminaba de asimilar el poder y respaldo económico que esos papeles le acababan de otorgar.
Miró a Jaime y le preguntó:
—¿La empresa de seguridad está en Santa Aurelia?
—Si usted lo desea, la podemos trasladar a Santa Aurelia —respondió el abogado.
—Entonces que la trasladen para acá. —Josefina sonrió.
—Entendido.
Jaime asintió y agregó:
—Señorita León, ¿tiene alguna otra petición? Me la puede decir de una vez y yo me encargo de todo.
—Déjeme pensarlo —respondió ella.
—Claro. En cuanto se le ocurra algo, solo mándeme un mensaje.
Ya se habían pasado sus contactos.
—De acuerdo. —Josefina asintió.
Jaime se marchó con los documentos y ella regresó a la empresa, todavía sintiéndose en las nubes.
¿Acababa de pasar de ser una mujer con unos cuantos millones a ser asquerosamente rica?
Sin embargo, ahora mismo tenía un asunto muy urgente que resolver.
Josefina sacó su celular y le escribió a Jaime.
[Necesito un equipo de abogados profesionales que me ayuden con mi demanda de divorcio.]
[De inmediato. Yo me encargo de arreglarlo.]
Josefina bajó el celular y exhaló con alivio.
Al volver a la oficina, continuó trabajando. Aunque ahora era inmensamente rica, no iba a dejar sus responsabilidades a medias.
Estuvo muy ocupada gran parte del día. Ya por la tarde, Jaime le mandó un mensaje avisándole que todo estaba listo.
Josefina se sorprendió por la rapidez; ¡era un abogado muy eficiente!
Sin perder tiempo, le pasó el contacto de Emiliano para que se comunicara con él.
Emiliano había sido quien le estaba ayudando con el trámite del divorcio hasta ese momento.
Al salir del trabajo, Josefina fue directo al hospital y le contó a su abuela sobre su reunión con Jaime.


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