El rostro de Helena palideció. Se quedó sin aliento al ver a los guardaespaldas parados frente a ella, listos para subirla a la fuerza a la camioneta.
De nada le sirvió llorar ni oponer resistencia.
De repente, la invadió un profundo arrepentimiento.
Nunca debió de haber aceptado que Benjamín y Josefina se casaran en primer lugar.
De no haber sido así, la familia Gutiérrez jamás habría terminado en esta situación.
¡Todo era culpa de la zorra de Josefina!
Helena fue obligada a subir al vehículo que la llevaría fuera del país.
Al rato, Teresa le marcó a Benjamín. Su voz sonaba pesada: —Benjamín, ¿no crees que fue un poco extremo tratar a tu abuela de esa manera?
Sin embargo, el tono de él seguía gélido. —Entonces debería ponerse a reflexionar un poco sobre por qué se ensañó tanto con Jose, y, sobre todo, por qué recurrió a métodos tan ruines.
Teresa frunció el ceño y, tras una pausa, murmuró: —Pero Jose está bien...
—Mamá, no vuelvas a decir algo así —le advirtió Benjamín, aún más frío—. A menos que tengas ganas de ir a hacerle compañía a mi abuela.
Teresa se quedó sin palabras.
Era un completo cabrón sin remedio.
Mantuvo el silencio durante un buen rato, hasta que soltó de sopetón: —Si puedes ser tan despiadado con tu propia abuela, ¿por qué te cuesta tanto ponerle un alto a tu cuñada Magdalena? Benjamín, dime la verdad... ¿De verdad te gusta?
—Ella me salvó —la voz de Benjamín cargaba una pisca de impotencia—. Si no hubiera sido por ella, yo habría muerto en aquel terremoto.
Ante esa respuesta, Teresa ya no tuvo nada más que objetar.
Se hizo un profundo silencio en la línea.
Josefina estuvo ocupada toda la mañana. Cuando por fin salió del estudio de grabación a mediodía, vio a Valentín a lo lejos, observándola con una sonrisa.
Su expresión se volvió algo fría. —¿Se te ofrece algo?

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