Josefina se quedó muda ante su descaro.
No podía creer lo que estaba viendo.
Se quedó de pie junto a la puerta, frunciendo el ceño.
—¿Qué quieres exactamente?
Benjamín miraba hacia el frente y habló con un tono sereno:
—Hoy me notificaron. El juicio es en tres días.
La expresión de Josefina cambió ligeramente.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—Tengo muchísimas formas de evitar que se lleve a cabo ese juicio. —Benjamín volteó a verla con una mirada intensa y penetrante—. Sube, Jose. No te voy a hacer nada.
Josefina se sintió amenazada. Lo miró con incredulidad.
—No me digas que planeas irte contra el juez...
Benjamín no respondió, solo se quedó mirándola fijamente.
Sintió una fuerte presión. Sabía perfectamente que él era capaz de hacerlo.
Su buen humor se hizo pedazos en un instante. Con el rostro tenso, subió al coche y cerró la puerta de un fuerte portazo.
—Ya no te amo, ¿qué caso tiene que me sigas acosando? —le recriminó Josefina, volteando a verlo. ¿Acaso no había sido lo bastante clara?
Benjamín frunció su apuesto ceño, sin creer una sola palabra de lo que decía. Habían estado juntos durante ocho años. ¿Cómo no iba a saber él si ella lo amaba o no?
—Llévame a mi casa —pidió él simplemente.
—¡Mejor vete a la chingada! —estalló Josefina, incapaz de contenerse más.
Benjamín le lanzó una mirada sombría y murmuró:
—Jose, trata de calmarte un poco. Si lo haces, tal vez decida no intervenir en nada.
Josefina soltó una carcajada sarcástica.
—Preferiría creer que los cerdos vuelan antes que creer en tu palabra.
El hombre soltó una risa grave.
—¿No me crees?
Josefina apartó la mirada, encendió el coche y comenzó a conducir en dirección a Residencial Valle Niebla.
—Hoy mandé lejos a mi abuela —dijo él de repente.
Tras unos instantes, la voz profunda de Benjamín resonó en el coche. Su tono era monótono:
—Me maldijo. Me dijo que el que debió morir hace cuatro años era yo.
Acto seguido, volteó a verla.

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