El patio de la residencia estaba a oscuras y la silueta del hombre fue desapareciendo poco a poco entre las sombras.
Josefina apretó el volante con fuerza, tratando de controlar sus emociones.
«¡No te emociones, tienes que mantener la calma!», se dijo a sí misma.
Aún faltaba para el día del juicio, cualquier cosa podía pasar.
Había aceptado esa noche, pero ¿qué tal si al día siguiente se arrepentía?
Después de todo, él era un experto en cambiar de opinión.
Josefina cerró los ojos por un momento y, tras recuperar la compostura, arrancó el coche para marcharse.
Al llegar a Residencial Las Jacarandas, se dio un baño rápido y se cambió de ropa antes de dirigirse al hospital.
Ya se le había hecho costumbre pasar las noches cuidando a su abuela.
A la mañana siguiente.
—¿Te veo muy de buenas, hay alguna novedad? —le preguntó la señora mayor con voz dulce al notar su mirada iluminada.
Josefina levantó ligeramente el rostro y contestó:
—Ahorita no puedo decir nada, en unos días te cuento.
—Mira nada más, ya me tienes secretos —asintió la abuela—. Entonces me esperaré a que me compartas las buenas noticias.
—Trato hecho —respondió ella.
Josefina se quedó desayunando con su abuela y, después de que el médico pasó a revisar cómo seguía, se fue al trabajo.
Durante gran parte del día, no pudo borrar la sonrisa de su rostro.
Sin embargo, esa misma tarde recibió una llamada que le borró por completo la sonrisa.
—¡Josefina, tu abuela desapareció!
Era una de las enfermeras del hospital. Sonaba desesperada.
Josefina no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo se iba a desaparecer una persona así de la nada estando en el hospital?
Se lanzó directo al hospital. La habitación estaba completamente vacía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte