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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 373

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—Voy para allá ahorita.

Benjamín colgó y manejó directo a la casa.

La niñera tenía a Alberto en brazos intentando arrullarlo. El pequeño no dejaba de llorar; ya hasta tenía la voz ronca.

—¡Buaaa! Tío... quiero a mi mami... mi mami, buaaa...

Benjamín tomó a Alberto en brazos, lo subió a su cuarto y le preguntó con tono suave:

—Alberto, ¿ya terminaste tu tarea de hoy?

—Sí... ya la acabé...

Alberto se talló los ojos, pero las lágrimas le seguían escurriendo.

Rodeó el cuello de Benjamín con sus bracitos y le preguntó:

—Tío, ¿cuándo va a regresar mi mami?

Benjamín no respondió a su pregunta. En su lugar, le dijo:

—¿Dónde dejaste la tarea? Todavía no te la reviso.

Alberto se puso nervioso de inmediato. Forcejeó un poco para que Benjamín lo bajara, caminó hasta su pequeño escritorio, tomó su libreta y se la entregó.

Luego, el niño se quedó ahí parado, sollozando, pero sin atreverse a llorar a gritos.

Aunque el niño ya iba al kínder, en primer año no dejaban tareas. Sin embargo, Benjamín le asignaba ejercicios para distraerlo y, de paso, para que desarrollara sus habilidades.

Si la terminaba y lo hacía bien, le daba un premio.

Si lo hacía mal, había castigo.

Para un niño de poco más de tres años como Alberto, recibir un manazo en la palma de la mano era el castigo más severo del mundo.

Como le daba miedo que le pegaran, siempre cumplía con lo que su tío le dejaba.

Benjamín asintió y dijo:

—Muy bien, lo hiciste excelente. El premio de hoy para Alberto es un dulce.

Los ojitos de Alberto brillaron de inmediato. Tomó el dulce y olvidó tanto el llanto como a su mamá.

La mujer apretó los dientes, pero se armó de valor para levantar la vista y decir:

—Señor Benjamín, Alberto está muy chiquito, necesita el cariño de sus papás. Ya perdió a su padre, no puede quedarse también sin su madre, de lo contrario, su infancia no estará completa, le faltará algo. Señor Benjamín, se lo digo porque me da mucha lástima el niño, ¿no podría traer de regreso a la señora Magdalena?

—Qué buen corazón tienes —Benjamín esbozó una sonrisa cínica de repente y continuó—: Entonces te mandaré a África. Allá hay muchísimos niños huérfanos, puedes ir y ser su madre, ¿te parece bien?

Al oírlo, la mujer palideció en el acto y suplicó:

—S-señor Benjamín... yo... reconozco mi error. Se me fue la lengua, por favor perdóneme esta vez, le juro que no vuelve a pasar.

—Pero Alberto lloró muchísimo —replicó él—. Está muy chiquito, ¿y si de tanto llorar se me enferma? Así que no te voy a perdonar ni te daré ninguna oportunidad.

Hizo pasar a los guardaespaldas y ordenó que se la llevaran de inmediato.

Benjamín miró a las demás y les preguntó:

—¿Ustedes tienen algo más que opinar?

Las mujeres, muertas de miedo y sabiendo perfectamente que no debían meterse en lo que no les importaba, respondieron de inmediato:

—No, señor.

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