Josefina arrugó levemente el ceño. Echó una mirada nerviosa de reojo hacia donde estaba Federico y preguntó en un susurro: —¿Ya no vas a seguir negociando con él?
—Ese lunático no tiene buenas intenciones, ¿de qué sirve seguir hablando? —El tono de Benjamín era tajante—. Vamos a ir a cenar primero.
Recordando la retorcida y sádica forma de actuar de Federico, el miedo seguía latente en el pecho de Josefina, así que asintió con rapidez. —Está bien.
Ambos abandonaron la sala VIP sin mirar atrás.
Cristóbal, que había hecho todo lo humano y sobrehumano para volverse invisible en esa habitación, aprovechó el movimiento y se levantó para escabullirse también.
—Oye, tú, espera un segundo.
Federico lo detuvo de repente.
Cristóbal tragó saliva y lo miró con fingida calma. —Señor Federico, ¿qué se le ofrece?
Federico lo analizó con curiosidad y preguntó: —¿Todas las mujeres en la Federación de Nueva Aurora son así de hermosas?
Recordando las barrabasadas que le había dicho a Josefina, Cristóbal no pudo evitar pensar: *¿Será que este tipo no ha visto a las mujeres de nuestro país en su vida y por eso enloqueció tanto?*
Rápidamente, Cristóbal respondió: —¿Es la primera vez que el señor Federico pisa nuestro país? Tenemos lugares espectaculares para visitar. Ya que hizo el viaje hasta aquí, ¿qué le parece si me encargo de armarle un buen recorrido nocturno para que disfrute de verdad? Contamos con anfitrionas que son de primera categoría.
Federico asintió con mucho entusiasmo. —¡Me parece perfecto!
Su madre provenía de este país.
Y jamás pudo regresar, ni siquiera cuando la muerte le respiraba en la nuca.
Siempre había sido de carácter débil y sumiso. A menudo, lo abrazaba fuerte y le contaba miles de historias pintorescas sobre esta tierra lejana.
Ahora que por fin estaba allí, deseaba descubrir por qué esa mujer añoraba tanto aquel lugar, a tal grado de aferrarse a él.
Incluso en sus últimos suspiros repetía sin cesar que su alma, tarde o temprano, regresaría a su hogar.
Cristóbal comenzó a organizar mentalmente toda la agenda para esa misma noche, pero al bajar la mirada, vio el dedo fracturado de su invitado y sugirió con cautela: —Señor Federico, ¿qué le parece si primero hacemos una parada rápida en el hospital para que le arreglen esa mano?
—Por mí, no hay problema —Federico estaba de un humor increíblemente complaciente. Su sonrisa brillaba, haciendo resaltar aún más el intenso azul de sus ojos.


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