—¿De verdad piensas eso?
Bajo la tenue iluminación de la habitación, las emociones en los ojos de Benjamín se agitaban con fuerza. Al ver su rostro, aún con un ligero rubor a causa de los besos de hace un momento, su tono de voz se volvió un poco más ronco y profundo.
Las largas pestañas de Josefina temblaron levemente. Soltó una risa suave y luego alzó la mirada para enfrentarlo directamente.
—De lo contrario, no le encuentro una explicación lógica. Estás herido, pero aun así te has esforzado al máximo para ayudarme, e incluso accediste cuando te propuse firmar primero el acuerdo de divorcio. De verdad no se me ocurre otra razón.
Ladeó un poco la cabeza.
—Llevamos juntos ocho años, pero realmente empezamos a dormir juntos hace seis. Después de tanto tiempo... ¿acaso todavía no te has cansado de mí?
Benjamín soltó una carcajada baja y gutural. Dio un paso hacia ella y la miró fijamente a los ojos.
—Así es, no me canso. ¿Me dejarás?
La respiración de Josefina se detuvo por un segundo. En realidad, ya se había preparado mentalmente para eso.
Eran adultos. Sabiendo todo lo que él la estaba ayudando, sería mentira pensar que no iba a pedir nada a cambio.
Si de esta forma podían saldar las cuentas, no le parecía un mal trato.
Josefina le sostuvo la mirada y preguntó:
—Tendrá que haber un límite, ¿no?
La respiración de Benjamín se volvió más pesada. ¡Tenía unas ganas inmensas de estrangularla!
La soltó de golpe, sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió. La brasa incandescente centelleaba mientras él le daba una profunda calada, exhalando un espeso humo blanco que nubló por un segundo su apuesto rostro.
Se sentó en el sofá, entrecerró los ojos para observar la inexpresiva cara de ella y dijo con voz grave:
—Diez veces al mes.
Las pestañas de Josefina temblaron violentamente. Se quedó en silencio durante un largo rato.
—Esa es mi condición. Tienes tiempo de sobra para pensarlo —dijo Benjamín al terminar su cigarrillo, aunque la irritación que sentía en el pecho no hacía más que acumularse, volviéndolo cada vez más impaciente y furioso.
Ella mantenía esa actitud de querer dejar las cosas saldadas y ponía todo sobre la mesa de la forma más directa. ¡Muy bien, él le daría el gusto!
¡Saldar cuentas!
¡Desde el principio hasta el final, en lo único que ella pensaba era en no deberle nada!



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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