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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 471

Pero, por sobre todas las cosas, nunca debieron haber envenenado a la abuela.

Josefina no tenía a muchas personas que le importaran de verdad, pero la abuela era sin duda una de ellas.

Y ahora, aunque ya habían pasado varios días, la condición de la abuela no mejoraba. Seguía reaccionando con lentitud y, la mayor parte del tiempo, mantenía la mirada completamente perdida.

Cada vez que Josefina la veía en ese estado, se le partía el corazón y su odio hacia Andrés y su esposa aumentaba un grado más.

Silvia, al notar la expresión fría en su rostro, le preguntó con cautela: —Jose, ¿de verdad no tienes nada más que decir? Después de todo... ellos son la familia con la que creciste.

No había lazos de sangre entre ellos, pero eso parecía haber dejado de importar.

Al fin y al cabo, desde el día en que nació, la habían criado como si fuera su propia hija biológica.

Antes de cumplir los diez años, Josefina había vivido una auténtica vida de princesa. Andrés y Jimena le habían entregado todo su amor y la habían consentido sin límites.

Solo que después, ah...

Josefina la miró y dijo en un tono sereno: —Fui yo quien orquestó la ruina de la familia León.

Silvia no tenía ni la menor idea de aquello. ¡Al escuchar su confesión, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de absoluto asombro!

¡Simplemente no lo podía creer!

Sin embargo, no tardó ni un segundo en levantar el pulgar hacia Josefina en señal de aprobación. —¡Bien hecho, Jose! ¡Por fin aprendiste a contraatacar, por fin aprendiste a protegerte a ti misma!

Los labios de Josefina se curvaron en una leve sonrisa, pero un destello de profunda tristeza cruzó por sus ojos radiantes. —Si fuera posible, solo quisiera que mi abuela volviera a ser la de antes.

Tan cálida y amorosa. Esa mujer que siempre le sostenía la mano, donde cada arruga de su rostro escondía una infinita ternura.

No quería verla así, ida y balbuceante, como si le hubieran arrancado el alma del cuerpo.

Silvia extendió el brazo para abrazarla por los hombros, y la tristeza también asomó a su rostro. —Fue una verdadera crueldad. ¿Cómo fueron capaces de envenenarla? ¡El final que están teniendo es exactamente lo que se merecen!

Josefina frunció el ceño, mostrando un claro rechazo a la idea.

Pero Benjamín insistió: —Residencial Valle Niebla es mucho más seguro, tiene espacios amplios, y la abuela podría salir a tomar aire fresco. Si se queda viviendo en Residencial Las Jacarandas, ¿qué diferencia habría con estar en una cárcel?

Josefina lo miró sin mostrar expresión alguna y luego le respondió: —Lo hablaremos más tarde.

Benjamín la observó fijamente, con una mirada inescrutable, pero no dijo nada más.

Cuando la tarde comenzó a oscurecer, la abuela por fin despertó. Últimamente sus momentos de lucidez eran escasos, pasaba la mayor parte de los días durmiendo.

—Abuela, ¿quieres levantarte y caminar un poco? —le preguntó Josefina al verla abrir los ojos, mientras se acercaba para ayudarla a incorporarse.

La anciana tardó unos segundos en procesarlo antes de asentir lentamente. —Sí, mi niña... ya me duele el cuerpo de estar tan acostada.

Josefina se apresuró a sostenerla para ayudarla a bajar de la cama. Sin embargo, llevaba tanto tiempo sin moverse que las piernas no le respondieron, ¡y su cuerpo tambaleó de repente hacia adelante!

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