Josefina miró la pistola frente a ella y un brillo de profunda determinación iluminó su mirada. Era un artefacto que jamás en su vida había tocado, pero ahora sabía que debía aprender a manejarlo a la perfección.
Respiró profundo y tomó el arma entre sus manos; en efecto, no era pesada. La examinó minuciosamente por todos sus costados.
Benjamín se posicionó muy cerca de ella y le susurró: —Si quieres ser buena en esto, primero debes conocer tu arma. Te enseñaré paso a paso cómo desarmarla y volver a ensamblarla, para que memorices su estructura completa. Si te conoces a ti misma y a tu arma, jamás fallarás un tiro.
Josefina giró el rostro hacia él, genuinamente sorprendida. —¿En qué momento de tu vida aprendiste a hacer todo esto?
Él respondió con absoluta indiferencia: —Solo son pasatiempos que agarré con los años.
Ella intuyó que no le estaba diciendo toda la verdad, pero en el fondo ya no le importaba. Lo único que le interesaba era enfocarse en su objetivo inmediato: si él estaba dispuesto a enseñarle, ella pondría todo su empeño en aprender. Esas habilidades, una vez asimiladas, le pertenecerían para siempre.
Benjamín le explicó cada detalle con precisión, y ella lo escuchó con toda la concentración del mundo. Después de intentarlo varias veces bajo su supervisión, logró entender la estructura interna de la pistola. El siguiente paso era, por supuesto, aprender a disparar.
Pero el dominio del arma no era algo que se lograra en cuestión de un día; requería de muchísima práctica constante. Y en ese momento, lo que a Josefina le sobraba era justamente tiempo.
"..."
Dos días después, Benjamín la llevó en auto hacia una propiedad apartada a las afueras de la ciudad. El extenso jardín de aquella residencia contaba con una entrada oculta que llevaba hacia un gran nivel subterráneo.
El espacio interior era imponente. Los hombres de seguridad vigilaban el área con un semblante estricto y gélido; la pesadez de sus miradas, al caer sobre ella, la hizo sentir una innegable opresión en el pecho.
Su cuerpo se tensó ligeramente, pero se obligó a caminar en línea recta, evitando curiosear a su alrededor.
Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de metal pesado. El guardia le asintió respetuosamente a Benjamín, sacó un manojo de llaves y abrió la cerradura.
Un leve olor metálico y dulce, el característico aroma de la sangre, impregnaba el aire.
Josefina clavó la mirada en la perturbadora escena: Emiliano estaba suspendido en el centro de la sala, atado de ambas manos al techo, con la cabeza gacha. En todo su cuerpo, casi no le quedaba un solo centímetro de piel sana.
No le quitaba los ojos de encima. Su mirada era profunda, y a la vez parecía perderse en la distancia, hasta que finalmente, un destello de arrepentimiento cruzó por ella. —No puedo decírtelo...
—¿Por qué no?
Josefina estaba completamente consternada. —Yo nunca en mi vida te hice daño, tú solo hacías el trabajo sucio de alguien más. Lo que sea que necesites, yo te lo puedo dar. Lo único que tienes que hacer es decirme de una vez quién fue la persona que quería verme muerta...
Emiliano bajó la mirada con pesadez y confesó: —La verdad es que en aquel entonces... antes de que empezaras a salir con Benjamín, había alguien más que te estaba buscando incansablemente.
El rostro de Josefina se llenó de confusión. ¿De qué demonios estaba hablando ahora?
Los oscuros ojos de Benjamín emitieron un destello fugaz, y de pronto intervino con voz neutra: —¿No dijimos que veníamos a practicar puntería? ¿Empezamos de una vez?
Emiliano le dedicó una última mirada cargada de ironía y dejó escapar dos risas ahogadas y dolorosas antes de decir: —Si ella no hubiera estado tan obsesionada contigo... tal vez, la que habría terminado siendo tu cuñada... sería ella.

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