Los padrinos entraron repartiendo obsequios para abrirse paso. Entre los gritos y empujones de grandes y chicos por atraparlos, nadie se acordó de cerrarle el paso a Cristóbal.
Con el ramo en las manos, él corrió a toda prisa hasta la habitación de Silvia.
—¡Silvia, abre la puerta! ¡Ya vine por ti! —gritó desde el pasillo. Su voz destilaba una euforia incontenible.
Al escuchar ese nivel de entusiasmo, a Silvia le tembló el párpado. ¿A qué jugaba? ¡Se suponía que todo era un montaje! Que no actuara como si llevara toda la vida soñando con llevarla al altar.
Afuera, las damas de honor custodiaban la puerta, bombardeando a Cristóbal con pruebas y acertijos para hacerle sudar la gota gorda antes de dejarlo entrar.
Josefina observaba la escena desde una esquina, con una sonrisa suave asomándose en sus labios.
Silvia no aguantó, se acercó a ella y le murmuró:
—Ahora que lo pienso, tu boda fue todavía más espectacular que esto, Jose.
Josefina bajó la mirada y respondió con serenidad:
—Eso ya quedó en el pasado.
Silvia soltó un suspiro.
—Qué lástima que Benjamín no haya seguido siendo el mismo de antes.
Josefina no contestó.
El corazón de las personas siempre cambia.
Hubo un tiempo en el que lo amó con locura, pero ahora, él no era más que parte de un trato. Cualquier rastro de amor se había esfumado hacía mucho.
Lo único que le importaba era que la tormenta pasara, firmar los papeles del divorcio y ser libre para construir su propia vida.
...
Tras superar todas las jugarretas de las damas, Cristóbal logró entrar. Al ver a Silvia sentada al borde de la cama, se quedó paralizado.
Uno de los invitados gritó en tono de burla:
—¡La novia está tan hermosa que dejó al novio con la boca abierta! ¡Tómenle una foto, se quedó mudo!
Las risas estallaron en el cuarto y Cristóbal volvió a la realidad. Carraspeó, caminó hacia Silvia y se hincó sobre una rodilla, ofreciéndole el ramo:
—Mi amor, ¿quieres irte a casa conmigo?
—¡Eh, un momento! Todavía falta el juego del zapato. Hasta que no encuentres su zapato de novia, no te la puedes llevar —lo interrumpió una de las damas.
Cristóbal parpadeó, confundido por un segundo, y luego se levantó de un salto.
—¡Rápido, ayúdenme a buscar! ¡Tengo que llevarme a mi mujer a casa!
Los padrinos empezaron a voltear la habitación de cabeza, buscando debajo de los muebles y entre los cojines. Todo era un auténtico caos.

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