Benjamín guardó silencio un momento y de pronto preguntó.
—¿Te interesa un trabajo?
—¿Oh? —Kevin sintió curiosidad—. Te escucho.
—Te daré quinientos millones si logras que Josefina se quite de la cabeza la idea de divorciarse de mí. ¿Puedes hacerlo?
Al escuchar eso, a Kevin le tembló la comisura de los labios.
—¿En serio tienes tanto dinero que ya no sabes qué hacer con él? ¿Por qué no mejor me lo regalas?
—Deja de decir estupideces. Solo di si aceptas o no, no me vengas con tonterías —replicó Benjamín.
Kevin apretó los dientes, sintiéndose ofendido al otro lado de la línea.
—Ja, prepárate para quedarte solo y amargado toda tu vida.
Y colgó de inmediato.
Benjamín dejó el celular a un lado, con el rostro tan frío como el hielo.
Lorena había contenido la respiración todo el tiempo. Estando junto a la cama, pudo escuchar la conversación y reconoció perfectamente quién hablaba con Benjamín.
Solo cuando la llamada terminó, soltó un largo suspiro y relajó el cuerpo.
Miró la hora, luego se dirigió a Luisa.
—En cuarenta minutos, quítale las agujas del tratamiento. Tengo hambre, me voy a comer.
Luisa asintió.
—Está bien, yo me encargo.
Lorena se levantó y salió sin decir más.
En la habitación solo quedaron Luisa y Benjamín.
Luisa no pudo evitar posar la mirada sobre el hombre, recorriendo con los ojos sus facciones atractivas y definidas.
Pero un segundo después, la voz fría de Benjamín rompió el encanto.
—Sal de aquí. Dile a Lucas que entre.
Lucas era el otro enfermero encargado de su cuidado.
Luisa se mordió el labio.
—Sí, señor.
Caminó hacia la puerta, pero no se resignó. Se dio la vuelta y preguntó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte