Valentina se ajustó el chal sobre los hombros. Al escuchar la voz de Nicolás, supo de inmediato quién se acercaba.
Su primer instinto fue marcharse sin mirar atrás, pero recordó que su único propósito al asistir a ese evento era acorralar a Sebastián. No podía simplemente darse por vencida.
Tras soltar un suspiro cargado de frustración, se dio la vuelta lentamente.
La brisa nocturna jugó con su cabello oscuro, peinado en cascadas de ondas perfectas que, bajo las luces del lugar, parecían destellar con sutiles reflejos azulados.
El maquillaje, meticulosamente aplicado, acentuaba sus facciones, otorgándole un aire de sensualidad y misterio que rara vez mostraba. Era una belleza tan deslumbrante que hasta el viento parecía adorarla, levantando un mechón rebelde que acarició la comisura de sus ojos, en un gesto silenciosamente seductor.
Ni siquiera la ropa holgada que solía usar en su día a día podía ocultar sus curvas espectaculares. Al girarse, el vestido de alta costura se ciñó a su figura, delineando una cintura de avispa y unas caderas de proporciones envidiables. Lo que el chal apenas cubría dejaba volar la imaginación.
Con solo esa mirada por encima del hombro, capturó la atención de los hombres más poderosos del salón. Las miradas que le lanzaron estaban cargadas de intenciones ocultas.
Hacía tres años, Valentina y Sebastián habían firmado el acta de matrimonio, pero nunca celebraron una boda. Al principio, casi nadie en su círculo social sabía que ella era la señora Correa.
No fue hasta el escandaloso banquete de cumpleaños de Julián Campos, donde Valentina apareció sola e hizo arder Troya, que los rumores comenzaron a esparcirse.
Ricardo, que estaba junto a Sebastián, soltó un silbido bajo y murmuró fascinado: —Dios santo, Valentina… ¿Quién te dio permiso para venir tan hermosa?
Inconscientemente, desvió la mirada hacia Isabela, que se acercaba empujada en su silla de ruedas por una enfermera. Minutos antes, al ver a Isabela bajar del auto con su elegante vestido blanco de cuello barco, le había parecido una mujer etérea, de otro mundo.
Pero ahora, con Valentina en escena, la blancura inmaculada de Isabela se sentía desabrida, aburrida.
—Gracias por el cumplido. Es genética pura, la fealdad no viene en mi ADN —respondió Valentina, alzando una ceja con una sonrisa deslumbrante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La obsesiva persecución de mi frío marido