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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 108

Nicolás se acercó a ella con pasos seguros. —Valentina, no olvides que esta noche vienes conmigo. Si te vas por ahí a coquetear con otros hombres, me pondré celoso.

Dicho esto, le ofreció el brazo derecho.

Valentina apoyó la mano suavemente sobre él y, mientras caminaban hacia la entrada, resopló: —Un hombre de utilería debería saber cuál es su lugar.

—¿No te da miedo romperme el corazón con esas palabras? —respondió él sin perder la sonrisa—. Y dime, ¿no te da miedo humillar públicamente a Sebastián paseándote del brazo conmigo?

Valentina soltó una carcajada, como si hubiera escuchado el mejor chiste del año. —¿Ah, sí? ¿Él puede hacer lo que le plazca y yo tengo que quedarme de brazos cruzados? Además, eres su primo. Todo queda en familia, ¿qué podrían decir los demás?

La mirada de Nicolás se tornó sombría y coqueta a la vez. —Con esa lógica, la idea del primo y la esposa despechada suena bastante interesante.

Hizo una pausa, se inclinó hasta rozar su oreja y susurró: —Aunque… prefiero mil veces a la Valentina soltera.

Valentina le empujó el rostro con su bolso de diseñador. —Incluso soltera, no tendrías oportunidad.

Al entrar al recinto, el ambiente climatizado los envolvió de inmediato.

Valentina se quitó el chal y Nicolás, en un gesto de caballerosidad, se lo entregó a uno de los meseros.

La subasta de esa noche era organizada por la familia Correa, así que, apenas cruzaron las puertas, Valentina divisó a varios de los miembros de la familia. Para su sorpresa, Diana Correa, la tía de Sebastián, también estaba presente.

—Tía Diana —saludó Valentina con cortesía.

Diana la miró de arriba abajo, sin poder ocultar su asombro: —Valentina, estás deslumbrante esta noche.

—Muchas gracias.

Diana se giró entonces hacia Nicolás: —Necesito hablar contigo un momento.

Entendiendo la indirecta, Valentina soltó el brazo de Nicolás y se dirigió a la mesa de postres para buscar algo dulce con lo que matar el tiempo.

Mientras caminaba hacia la zona de descanso con un pequeño plato en las manos, miraba a su alrededor buscando a Sebastián. En cuanto lo viera solo, le cerraría el paso.

Humberto clavó sus ojos en ella con total indiferencia. —¿Valentina Vargas?

Ella asintió y se hizo a un lado. —Pase usted primero.

Él caminó a su lado, detuvo su mirada sobre ella un segundo más de lo necesario y luego siguió su camino con grandes zancadas.

Valentina se sentó en uno de los sillones de terciopelo, sacó su guion de preguntas del bolso y lo revisó rápidamente. Tenía que estar impecable. No iba a darle a Sebastián ni una sola excusa para rechazar la entrevista.

Estaba tan concentrada leyendo que, de un momento a otro, se escuchó un fuerte *clac* y todo el inmenso salón quedó sumido en la más absoluta oscuridad.

Valentina metió las hojas a la fuerza en su bolso y se puso de pie, buscando su teléfono para encender la linterna.

Pero en medio del caos, alguien la empujó bruscamente y el celular salió volando.

De inmediato, una mano grande y fría se aferró a su hombro desnudo. Valentina perdió el equilibrio y su cuerpo chocó contra un pecho firme y duro como una pared de piedra.

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