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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 11

¡Esa era la perra de Valentina que se había atrevido a arruinar su negocio!

Con aquel artículo afilado y escandaloso que publicó en internet, la indignación pública no se hizo esperar.

¡Provocando que le cerraran el bar en el que había invertido medio año de trabajo!

¡Esa era una deuda que desde hacía tiempo quería cobrarle en persona!

Aquel día, su orden fue darle una paliza, que sus hombres se divirtieran un rato con ella y le tomaran fotos para tenerla en la palma de su mano por el resto de su vida.

Quién diría que esa perra tenía tan buena suerte que logró escapar por un milagro.

¡Y lo mejor de todo es que ahora se había atrevido a entregarse ella misma en bandeja de plata!

—¡De verdad que no le tienes miedo a la muerte! —escupió Julián.

Tomó la toalla que le ofreció un guardaespaldas para presionarla contra la herida en su cabeza.

La maldita loca le había reventado una botella.

Si no se hubiera movido a tiempo en el segundo golpe, el daño habría sido mucho peor. Pero la enorme cortada y la cantidad de sangre lo habían dejado en ridículo delante de todos sus amigos.

¡Por nada del mundo la dejaría salir viva hoy!

Se acercó a Valentina, con una sonrisa retorcida y sádica dibujada en el rostro manchado de sangre.

—¡No creas que esa suerte tuya te va a salvar siempre!

—¿Pensabas denunciarme?

Había mandado a sus hombres a darle una paliza justo el día que su hermana regresaba al país, preparándose para el peor escenario: que, si Sebastián se enteraba, lo dejaría pasar en honor a su hermana.

Y vaya que no se equivocó. Valentina fue a la policía, las autoridades lo señalaron, ¡y Sebastián en persona intervino para sacarlo del problema!

Eso dejaba claro que, a los ojos de Sebastián, Valentina no valía absolutamente nada.

¿Qué clase de esposo permite que a su mujer le den una paliza y no hace nada al respecto?

Eso solo demostraba el asco y el desprecio que Sebastián sentía por ella.

—Basta con que mi hermana diga una palabra y Sebastián moverá cielo y tierra para protegerme. ¿Y a ti? ¿Acaso Sebastián ha sentido un miligramo de lástima por ti? Valentina, este es tu castigo por haberle robado el novio a mi hermana hace tres años.

El rostro de Valentina se tensó levemente.

El hombre cayó de rodillas aullando de dolor. El otro no tuvo tiempo ni de entender qué había pasado cuando vio una ráfaga moverse frente a él: ¡Valentina levantó su pierna derecha y le asestó una patada brutal con el tacón de su bota!

Al segundo siguiente, un dolor insoportable le desgarró el muslo, y soltando un gemido agónico, el segundo hombre también cayó de rodillas al suelo.

Valentina empuñó la navaja ensangrentada y miró con desdén a los dos miserables que se retorcían en el piso.

No importaba cuál de los dos le había pateado la pierna aquella noche; un tajo por cada uno. No se llevaban nada que no se hubieran ganado.

La otra vez la agarraron con la guardia baja por la espalda.

¿De verdad pensaban que, dedicándose al periodismo de investigación social, no sabría cómo defenderse?

Mateo Solís había contratado a profesionales para enseñarle tácticas de defensa personal. Claro que, debido a su embarazo del año pasado, había dejado de practicar y sus movimientos se habían oxidado, pero para una emergencia eran más que suficientes.

Si Mateo supiera que la habían golpeado, seguramente dejaría tirada su actuación y volaría desde el set para destrozarlos a todos.

No iba a dejar que Mateo se burlara de ella; esta venganza la cobraría por sí misma.

—¡Ataquen, todos contra ella!

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