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La obsesiva persecución de mi frío marido romance Capítulo 111

Valentina no podía apartar los ojos de la joya proyectada en la pantalla gigante. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos hasta dejarlas blancas.

El broche tenía la forma de una flor de cinco pétalos, adornada con pequeños diamantes brillantes, y en el centro, como el corazón de la flor, destacaba un zafiro de corte antiguo, profundo y misterioso.

No podía equivocarse.

Por mucho que Sebastián le hubiera dicho que lo compró en cualquier lado y aunque él probablemente ya ni lo recordaba, ella jamás lo olvidaría.

¡Era el mismo broche que él le había regalado!

Recordaba aquellas noches en las que lo sacaba de su estuche solo para ponerlo bajo la luz, admirándolo hasta que se le escapaba una sonrisa tonta.

La emoción de saber que era un regalo de él la hacía acurrucarse en la cama, dando pataditas de pura felicidad.

Incluso recordó cuando Sebastián, desde la habitación de al lado, golpeó la pared a la medianoche para preguntarle por qué chillaba como loca, y ella, con la cara roja como un tomate, lo había negado todo.

El subastador, sosteniendo el micrófono y notando la fascinación del público, exclamó con entusiasmo: —¡Parece que esta pieza ha capturado sus corazones! El donante ha preferido mantenerse en el anonimato, aportando esta maravilla únicamente por amor a la causa. ¡Demos inicio a las pujas!

En la primera fila, Sebastián dejó su taza de té sobre la mesa y alzó la vista levemente hacia el broche.

—¡Precio de salida: dos millones!

Apenas el hombre terminó de hablar, una voz profunda y autoritaria resonó en el salón: —¡Tres millones!

Valentina salió de su trance y miró en diagonal. Era Humberto Campos.

La familia Campos no tenía el imperio de los Correa, pero su poder era indiscutible.

Cuando la gente de su hijo la atacó y ella llamó a la policía, el poder de los Campos lo encubrió todo sin esfuerzo. Sin embargo, Humberto no parecía sentir ningún cariño por sus hijos.

De haber sabido todo lo que había pasado entre ella, el difunto hijo de Humberto e Isabela, su reacción al verla en el pasillo habría sido muy distinta.

—¡El señor Campos ofrece tres millones! ¿Alguien da más?

—¡Cuatro millones! —gritó un empresario al fondo.

Humberto, con total frialdad, replicó: —¡Seis millones!

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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