Al llegar a la sala de consulta de otorrinolaringología, Valentina se detuvo antes de entrar y miró a Daniel.
—Puedo entrar sola. Tú ve a hacer tus cosas, seguro estás muy ocupado.
Hasta la noche anterior, cada vez que ella lo llamaba por su nombre con esa familiaridad y confianza, Daniel sentía que todo seguía como en los viejos tiempos.
Pero ahora que Sebastián sabía lo que él sentía por ella, la dinámica había cambiado. Sentía que había un lazo invisible uniéndolo a ella de nuevo.
Un lazo que había perdido hacía tres años y que esta vez no estaba dispuesto a soltar.
Se quedó allí de pie, asintió con una sonrisa protectora y dijo: —Está bien.
Valentina entró al consultorio. Siguiendo las instrucciones del médico, se recostó de lado en la camilla, lista para la endoscopia de oído.
Aunque ya había pasado por esto antes, ver al especialista acercarse con esa cámara metálica de tres milímetros de grosor, lista para ser insertada en su canal auditivo, hizo que se le erizara la piel del terror.
—Tranquila, no te muevas.
De pronto, una mano grande y cálida se posó suavemente en la nuca de Valentina, sosteniéndola. Una voz profunda y reconfortante susurró cerca de su oído: —No te va a doler.
Valentina se tensó.
La pantalla apagada del monitor reflejaba la figura alta y pulcra de Daniel.
Se había quitado la bata blanca. Ya no estaba ahí como el jefe de cirujanos del hospital, sino como el hombre que cuidaba de ella.
Daniel notó su rigidez y acarició levemente su cabello con el pulgar para calmarla, mientras le indicaba al especialista con un tono clínico: —Proceda.
—En seguida, doctor Zamora.
Para no interrumpir al doctor, Valentina no dijo nada y cerró los ojos.
Pero tener los ojos cerrados solo agudizó sus sentidos. En el instante en que el tubo metálico invadió su canal auditivo, sus manos se aferraron desesperadamente a las sábanas. Frunció el ceño con fuerza, y sus largas y pobladas pestañas temblaron del nerviosismo.
En ese preciso instante, la puerta del consultorio se abrió con absoluta lentitud, como si quien entraba no quisiera arruinar la atmósfera.
Una mano grande y de nudillos prominentes se cerró sobre el picaporte. Al ver la escena frente a él, los dedos se tensaron hasta que los nudillos se pusieron blancos.

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